Tips Litúrgicos

Lugares celebrativos
La sede

¿Qué significado tiene la sede? El Catecismo de la Iglesia (nº 1184) la define así: La sede (cátedra) del obispo o del sacerdote «debe significar su oficio de presidente de la asamblea y director de la oración

Litúrgicamente hablando la sede, junto el ambón y al altar, es uno de los elementos que hacen parte del presbiterio de una iglesia.

La sede, también denominada más específicamente como sede presidencial y cuánto más la cátedra del Obispo, es un lugar más que simbólico; es el signo del mismo Cristo –cabeza, maestro y pastor- que preside, el signo de Cristo cabeza de su Iglesia.

La sede es el ícono visible de Cristo Rey, de Cristo Maestro y Señor de todo, quien, desde ella, enseña con palabras verdaderas a su Iglesia y se visibiliza por medio del ministro ordenado. La sede es el icono visible de Cristo Rey, Señor de todo, que reúne a su Iglesia dispersa. Una sede vacía espera elocuentemente la venida del Señor que se sentará en gloria para juzgar a vivos y muertos. Una sede vacía debe evocar el pensamiento de la primera comunidad: ¡Ven, Señor Jesús!

La consideración de Cristo Maestro y Rey, sentado, se plasmó muy pronto en una sede para quien debía hacer el oficio sacerdotal en la liturgia, principalmente el Obispo. Ver al Obispo en la sede –cátedra– era contemplar a Cristo mismo presidiendo y enseñando a su Iglesia.

La sede es el ejercicio de Cristo Maestro que, desde ella, enseña con palabras verdaderas a su Iglesia y se visibiliza por medio del ministro ordenado.

Es por esto que la Iglesia siempre ha valorado y venerado la sede. Prueba de esto son las antiguas basílicas en las que descubrimos el lugar de la sede (en el ábside) de manera sobresaliente.

Una de las representaciones más antiguas de Cristo, junto a la del Buen Pastor, es la de Cristo sentado enseñando como verdadero y único Maestro y Doctor. Un ejemplo de esto es el mosaico del ábside de la basílica de Santa Pudenciana de Roma.

La sede por tanto no va en función de la dignidad de la persona sino del ministerio que ésta ejerce en la Iglesia, por esto la sede es única. La Sede tiene una función que va más allá de una simple funcionalidad (de dar asiento al presidente de la asamblea litúrgica).

En la misma sede es donde el sacerdote-¡y por supuesto el Obispo en su cátedra!- realiza varios ritos y, por supuesto, predica. Pero, según la liturgia, el Obispo debe predicar sentado en la sede o cátedra y el sacerdote predicará desde el ambón o, más apropiadamente, desde la sede pero de píe (IGMR 136).

Breve recorrido histórico

No todo se reduce al altar, ni es éste el único elemento necesario para la liturgia. Desde el principio, junto al altar, la Iglesia destacó el lugar desde el cual presidía el obispo o el presbítero la divina liturgia: un asiento, una sede, cuyo significado era más simbólico que meramente utilitario.

La Iglesia veneró y valoró mucho la sede. Una de las representaciones más antiguas de Cristo, junto a la del Buen Pastor, es la de Cristo sentado enseñando. Cristo era el verdadero y único Maestro y Doctor. Lo vemos así sentado en el mosaico del ábside de la basílica de Santa Pudenciana de Roma.

En otras ocasiones, la representación era la de la sede vacía, bellamente adornada y una cruz, señalando la espera del Retorno glorioso de Jesucristo. La consideración de Cristo Maestro y Rey, sentado, se plasmó muy pronto en una sede para quien debía hacer el oficio sacerdotal en la liturgia, principalmente el Obispo. Ver al Obispo en la sede –cátedra– era contemplar a Cristo mismo presidiendo y enseñando a su Iglesia.

Testimonios no faltan de la importancia que se le va atribuyendo a la sede en la liturgia por su valor simbólico.

Tertuliano, en el siglo III, escribe: “Recorre las iglesias apostólicas y en ellas podrás contemplar cómo presiden aún las cátedras de los apóstoles” (De Praesc., 36).

Nos llegan también testimonios de cómo la Iglesia fue embelleciendo esta cátedra, con ricos adornos, mosaicos, altos respaldos, cojines y paños preciosos. San Agustín nos habla de ello (Cta. 23,3): “Contemplando a Cristo, no te arredre represión de hombre alguno ni temas su poder. El honor de este siglo pasa. Pasa la ambición. Ni ábsides escalonados, ni cátedras tapizadas…

Pero ocupar la cátedra, para san Agustín, no debe ser causa de soberbia, sino de humildad en el servicio, es el amoris officium: “Conviene, en efecto, que se otorgue el primer puesto al siervo de Dios que tiene algún cargo en la Iglesia, porque, si no se le otorga, el mal será para quien se niega a ello; ningún bien, en cambio, se deriva para aquel a quien se concede. Es conveniente, por tanto, que en la asamblea de los cristianos los que están al frente de ella se sienten en un lugar más elevado, para que mediante la misma sede se distingan de los demás y aparezca con claridad su ministerio; no para que a causa de ella se inflen, sino para que piensen en la carga de la que han de rendir cuentas” (Serm. 91,5).

Pensemos, por ejemplo, en la arquitectura de las grandes basílicas cristianas: la cátedra es fija, de piedra, sobre dos o tres escalones elevada sobre el nivel del presbiterio; a ambos lados, un banco corrido con respaldo para los presbíteros, en el fondo del ábside. Así, clarísimamente, en San Vital de Rávena.

En la Edad Media se produce una evolución. La cátedra pasa a ser exclusiva del obispo, convirtiéndose más bien en un trono, que va desplazándose a un lateral, mientras el ábside es ocupado por el altar y el retablo. En la cátedra el obispo ya no preside la liturgia, sino que asiste a la Misa celebrada por los sacerdotes.

Los sacerdotes no tienen sede: la liturgia se desarrolla entera en el altar, en la Misa privada o sencilla; en la Misa cantada, el sacerdote, diácono y subdiácono se retiran a un lado y se sientan en unos discretísimos taburetes, nada simbólicos, sino simplemente prácticos, para que descansen mientras se canta. Además, en la antigüedad cristiana se quería visibilizar muy claramente la diferencia entre el Obispo y el sacerdote, aquél con cátedra, éste al actuar delegadamente, no poseía cátedra. El sacramentario Gelasiano da a entender que simplemente se sienta durante el canto del Gloria en un asiento discreto (GeV 452).

Se pensaba que el sacerdote era mero servidor, y no señor, y por ello no debía tener una sede, y mucho menos adornada, sino un taburete sin respaldo, al igual que el subdiácono y el diácono. De ahí viene la costumbre –que aún vemos- de tres sedes iguales en el presbiterio que no realzan la presidencia de Cristo Maestro, costumbre que hay que desterrar, dejando una sede única.

Pueden ver también:

El incienso y su significado.

Colores litúrgicos.

La Palabra de Dios en la Misa

El ambón

Vestimenta litúrgica

El altar

Tiempo de Adviento

Tiempo de Navidad