Palabra de Dios en lenguaje humano

II. Palabra de Dios – Lenguaje humano

II.1 Una mirada al lenguaje. Lenguaje bíblico

La palabra es la acción por la cual una persona se expresa y se dirige a otra para comunicarse con ella. Vislumbramos tres aspectos:

a. la palabra tiene un contenido, ya que narra o significa algo, expresa;
b. la palabra es al mismo tiempo una interpelación, ya que se dirige a alguien y provoca una respuesta o reacción, interpela, y…
c. la palabra es una automanifestación, ya que descubre la actitud interior de la persona que habla, explica.

De este modo Dios se autocomunica en la revelación. Su epifanía se hace presente a los hombres como historia que no sólo lleva la salvación, sino que es encuentro personal con él mismo.

Es fundamental comprender que la Biblia no es un libro increado y celestial, dictado por un arcángel o una tôrah en la que cada signo gráfico tiene un valor teológico, sino que es la transcripción de la revelación de Dios y de la experiencia que se realizó de ella. Una transcripción obrada por medio de unos hombres escogidos, según condiciones históricas y sociales de la vida humana (cf. DV 12, «per homines more hominum«).

Si podemos decir, teológicamente, a Dios, es porque Dios ha hablado de sí mismo. En el origen de todo lenguaje sobre Dios se encuentra entonces la autorrevelación primera y gratuita de Dios mismo. Lo cual significa que de una vez para siempre se ha impreso en un lenguaje humano la forma a través de la cual Dios se comunicó con la humanidad. La individuación de esta forma implica su reconocimiento como norma de todo lenguaje ulterior que quiera decir el misterio de Dios.

El lenguaje de la revelación y de la fe es el lenguaje fundacional que desde el hecho de la encarnación expresa en una sola palabra, JESÚS DE NAZARET, el lenguaje de Dios. El lenguaje de la revelación es paradójico pues hace presente en la muerte y resurrección de Cristo la esencia del amor trinitario.

Como explicábamos en un principio, la Escritura se sitúa entre el acontecimiento revelatorio y las afirmaciones dogmáticas de la Iglesia. La Escritura, por tanto, no es en cuanto tal, revelación, sino que más bien da testimonio de la revelación.

Dicho esto, la Escritura tiene una autoridad singular pues pertenece al acontecimiento fundacional de la revelación. El testimonio que se da del acontecimiento Cristo, en la palabra escrita, es fundamental, normativo a cualquier formulación posterior.

Como apéndice, podemos señalar el lenguaje teológico basado en este lenguaje de la revelación y de la fe y que se esfuerza por hacer entendible la singularidad del acontecimiento en la pluralidad de conceptos y de expresiones lingüísticas.

El lenguaje dogmático es la declaración o formulación teológica que la Iglesia proclama con autoridad.

El lenguaje litúrgico es un lenguaje particular de los iniciados que por su misma característica es un lenguaje doxológico y mistagógico, es decir, un lenguaje que celebra para contemplar.

II.2 Una mirada a las culturas

Los textos originales de la Biblia se han perdido. Al igual que los de la literatura clásica antigua no se conserva ninguno. Sí que podemos encontrar manuscritos, copias de copias originales escritas a mano.

Los libros sagrados fueron escritos en tres lenguas: hebrea, aramea y griega. La mayor parte en hebreo y una parte mínima en arameo, aunque el Evangelio según San Mateo está en el original arameo, y varios libros -con todo el N.T- en griego (koiné). Los libros veterotestamentarios más antiguos se escribieron en hebreo con caracteres fenicios, después se empezó a utilizar la escritura cuadrada, propia de los arameos que derivaba, a su vez, de la fenicia.

Hemos de comprender que cada lengua expresa una cultura, un modo de pensar y de ser. Podemos entender la cultura en tres acepciones:

a. proceso objetivo de desarrollo de la producción
b. visión del mundo y sistema de valores propios de un pueblo, de un período o de un grupo.
c. género y agrupación particular de actividades intelectuales y artísticas.

San Juan Pablo II dirigiéndose a la Pontificia Comisión Bíblica el 27 de abril de 1979 afirmaba que aun antes de hacerse carne,

«…la misma palabra divina se había hecho lenguaje humano, asumiendo los modos de expresarse de las diversas culturas, que desde Abrahán hasta el vidente del Apocalipsis han ofrecido al misterio adorable del amor salvífico de Dios la posibilidad de hacerse accesible y comprensible a las diversas generaciones, a pesar de las múltiples diversidades de sus situaciones históricas.»

De este modo podemos recorrer en la historia bíblica las culturas sucesivamente nómada, fenicio-cananea, mesopotámica, egipcia, hitita, persa, helenista; y luego para el NT, la cultura judía, judaísmo palestino y el de la diáspora, y la grecorromana.

II.2.1 ANTIGUO TESTAMENTO

Cultura nómada.

La cultura nómada representó la experiencia histórico-social más antigua de Israel -cf. Dt 26, 5- y dejó su identidad incluso religiosa. De este modo el tema camino es fundamental a partir de Abrahán -cf. Gen 17, 1-, hasta llegar a designar al cristianismo como camino -hodós-. (Hech 9, 2; 19, 9.23). Un dato específico y concreto es la circuncisión: se entendió en un principio como rito prenupcial (Ex 4, 25-26), y después como un rito de alianza con Dios mismo (Gen 17, 10-14). Todavía es más importante el sacrificio del cordero pascual, que parece hundir sus raíces en una celebración de los pastores en primavera para proteger la trashumancia de los rebaños (Ex 12, 114).

Cultura fenicio-cananea.

Dejó numerosas huellas en la configuración del pueblo de Israel a partir de su sedentarización en la tierra de Canaán y de la asunción de su cultura urbana y agrícola. Precisamente en la agricultura está en el origen de las tres grandes fiestas litúrgicas que correspondían en líneas generales al comienzo de la primavera, del verano y del otoño (Ex 23, 1516; Lev 23, 4-22):

a. La fiesta de los ácimos –massôt-. Cuando todos los varones tenían que comparecer ante el Señor en su santuario.
b. La fiesta de la siega –qasîr-. Se llamó luego fiesta de las semanas o sebuôt y pentecostés.
c. La fiesta de las cosechas o ´asif. Se llamó luego de las chozas o sukkôt.

Más tarde se adaptaron estas fiestas para referirse a los sucesos históricos fundamentales del éxodo.

También el «sábado» es ya un nombre que se le daba al descanso del séptimo día entre los semitas de Canaán septentrional –Ugarit-, y la fe yahvista lo refería en Gen 2, 2-3; Ex 31, 12-17.

También dejó huella el nombre de ´El para referirse a Dios. Con ese nombre se veneraba a dios en el panteón cananeo-fenicio. También el nombre de Baal (1 Crón 8, 33-34). Hasta el templo de Jerusalén está inspirado en los templos paganos cananeos o sirio-fenicios, hasta sus obreros eran de Tiro y Sidón (1Re 5, 15-32). Lo más importante en lo que nos ocupa es la asunción de la lengua y escritura fenicias, de la que el hebreo es una de sus variantes (Is 19, 18). También dependieron del progreso técnico-cultural de los filisteos (1Sam 13, 19-22).

Culturas mesopotámicas.

Las culturas sumerio y asirio-babilónica no fueron tampoco extrañas a la constitución del patrimonio teológico de Israel, teniendo además en cuenta el hecho de que el clan de Abrahán procedía de allí (Gen 11, 27-12, 1).

Aquí hay que tener en cuenta ciertas costumbres patriarcales, como la unión de Abrahán con la esclava Agar (Gen 16), que es conforme con el derecho establecido en la primera mitad del s. XVIII a.C. por el código de Hammurabi.Sobre todo hay que recordar los grandes poemas babilonios del Enuma elis, de Gilgames y de Atrahasis, que ha influido en varias maneras en la redacción de los primeros capítulos del Génesis en su cosmogonía, la concepción del hombre, del pecado, del diluvio, origen de la humanidad, aunque siempre pasando por el filtro purificador de la fe monoteísta típica de Israel.

También hay que hacer alusión a los monstruos asirios alados, medio hombres y medio animales llamados karibu, querubines, colocados incluso en el sancta sanctorum del templo de Salomón (cf. 1Re 6, 23-29).

Cultura egipcia.

Ofreció una aportación de especial importancia a la historia sagrada, bien porque Israel sufrió su influencia durante su servidumbre en Egipto, bien porque hasta David todo Canaán pertenecía a la esfera de influencia de los faraones, y porque se trataba también de una cultura tan rica y espléndida que irradiaba inevitablemente y con fuerza sobre las poblaciones de la cuenca oriental del Mediterráneo.

Podemos recordar la praxis de la unción del rey, que ya significaba en la época preisraelítica la sumisión y la representación de los diversos reyes cananeos ante el faraón.

La administración del nuevo reino constituido por David y Salomón parece reflejar las estructuras de un modelo egipcio, en lo que se refiere a la figura de los escribas de la corte (2Sam 8, 15-18; 1 Re 3, 1; 4). Igualmente el Salmo 104 en su totalidad es un eco del célebre Himno al Sol del faraón. Y también toda la sección del libro de los Proverbios 22, 17-24, 22 hace eco a una composición egipcia llamada Sabiduría de Amenemope.

Cultura hitita.

Dejó también algunas huellas muy interesantes en la misma formulación de la alianza entre Dios e Israel. Así lo vemos en el decálogo (cf. Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-22) y algunos textos de renovación o de ratificación del pacto (Jos 24, 1-28).

Cultura persa.

Hemos de tomar en consideración también esta cultura. De ella viene un nuevo título referido a Yhwh: el Dios del cielo (Esd 1, 2; 5, 11; 6, 9; Neh 1, 4-5; 2, 20; 1Mac 3, 18.19.22.60; 4, 24.55). Entre los persas se hablaba ya de resurrección entre la tribu de los magos.

Cultura helenista.

Representa el último interlocutor con el que el AT entró históricamente en contacto. Encontramos dos actitudes contrapuestas: por una parte en Palestina toma parte la gloriosa resistencia de los macabeos que llevó a la recuperación de la independencia del país, pero se infundió esta cultura de tal modo que se difundió la lengua griega en Israel, y hasta los nombre griegos.Hasta tal punto llegó la influencia que se realizó la traducción e los textos bíblicos hebreos y arameos a la lengua griega (los LXX), y se usó este idioma para reproponer e interpretar de algún modo los grandes conceptos propios de la fe israelita. Igualmente dejó la huella del concepto de inmortalidad individual post-mortem (Sab 2, 23; 3, 4). También las cuatro virtudes cardinales de la templanza, prudencia, justicia y fortaleza (Sab 8, 7)

II.2.2 NUEVO TESTAMENTO

Jesús de Nazaret y la cultura judía.

Jesús de Nazaret vivió plenamente inserto en la cultura judía de su época. En este lugar tomaremos en consideración los elementos de asunción y de simpatía con los mismos. Se da una continuidad entre Jesús y su ambiente inmediato, el judaísmo palestino del siglo I (cf. Mt 5, 17; 2148), se ve claramente cómo Jesús injerta la novedad de su mensaje en el tronco antiguo y robusto de la tôrah de Israel. Impresiona el hecho de que cuando se le pregunta cuál era el primero y el mayor mandamiento, Jesús contestó citando simplemente y al pie de la letra un pasaje del A.T. sin formular nada nuevo, por ejemplo. Jesús manifiesta que considera igualmente válidas para sí mismo, e indirectamente para sus discípulos las Escrituras sagradas del pueblo judío (cf. Mc 7, 6; 9, 13; 11,17) que no remite a ninguna otra literatura que no sea los libros santos de Israel. Jesús se inserta en el marco litúrgico judío, también en su modo de enseñanza, hasta su predicación. Al mismo tiempo señala tomas de posturas originales que se comprenden mejor en el trasfondo del ambiente. Realmente Jesús se hizo judío.

Iglesia primitiva frente al judaísmo -helenista y palestino-

La primitiva comunidad cristiana se vio confrontada por no poco tiempo con el judaísmo Como el mismo Jesús, así también todos los cristianos de la primera hora fueron de origen judío. Pero el judaísmo de las primeras generaciones cristianas se extendía en dos direcciones: palestina y helenista. El judaísmo palestino se caracterizaba, aparte de la lengua hebrea o aramea, por la creciente influencia del fariseísmo rabínico, tendencialmente hostil a la cultura grecorromana. El judaísmo helenista, sin embargo, por su misma colocación en la diáspora -occidental-, además de emplear habitualmente la lengua griega, sufrió conscientemente en sus más ilustres representantes la influencia de la cultura helenista, mostrándose ecuménicamente abierto, pero desaparece definitivamente con los primeros decenios del s. II, totalmente suplantado por el judaísmo palestino. La Iglesia de los orígenes estuvo en contacto con estos dos ámbitos del judaísmo de la época y se vio condicionada por ellos. Llegándose a formar lo se denominó judeocristianismo que siguió siendo fiel a la tôrah de Israel, hasta el punto de que incluso algunos fariseos se adhirieron al movimiento cristiano permaneciendo tales (Hech 5, 33-39; 15, 5; 21, 20), por eso resultó chocante la conversión de Cornelio que prescindía de las leyes rituales.

En la primitiva comunidad de Palestina no se percibió ni mucho menos como una nueva religión distinta al judaísmo. Desde aquí podemos leer Mt 5, 18-19 o la carta de Santiago. De tal modo que surgió una secta judeo-cristiana, los ebionitas, que rechazaron a Pablo de rebelde contra la ley (2Cor 10, 13; Gal 2). Otro aspecto que influyó poderosamente fue el judaísmo apocalíptico. Por lo que se refiere al judaísmo helenista, cuando el cristianismo salió de las tierras de Palestina, su primer interlocutor siguió siendo el judaísmo; pero esta vez el de la diáspora. El primer exponente fue Esteban al que se le acusó de proferir palabras ofensivas contra el templo y la ley (Hech 6, 1. 13-14). Pero será en Antioquia, Corinto y Éfeso donde el mensaje cristiano sufrirá mayor influencia del judaísmo extrapalestino.

En síntesis, el cristianismo naciente reprodujo dentro de sí la misma complejidad del judaísmo de la época. Mientras que en el campo judío se disolvió el elemento helenista, en el campo cristiano fue el judeo-cristiano. Es de este modo como el cristianismo, no con pocos traumas, se desgajará de su innegable tronco judío.
La Iglesia primitiva frente a la cultura grecoromana.

El encuentro con el ambiente pagano grecorromano se reveló históricamente sumamente fecundo. Ya en los escritos del NT, además de las innumerables citas de las Escrituras bíblicas, se encuentran también tres referencias, todas ellas atribuidas a Pablo, a otros tantos escritores griegos: Arato de Soles, Fenómenos 5 -siglo III a.C.; en Hecho 17, 28: «Porque somos de su linaje»-; Menandro, Taide fr. 218 -siglo IV a.C.; en 1Cor 15, 33: «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres«- y Epiménides de Creta, fr. I -siglo VI a.C.; en Tit 1, 12: «Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, glotones y gandules«-.

Aunque la presencia de la cultura helenista en el NT ha de medirse no tanto por las citas explicitas de autores griegos, sino por las conexiones objetivas que se encuentran.

Primero, se advierte ciertas afinidades con la filosofía estoicista, entonces dominante (Séneca, Musonio, Rufo, Eipicteto, Marco Aurelio), en conceptos dominantes como bastarse a sí mismo (Fil 4, 11), dignidad humana (Gal 3, 28), relación con las cosas eternas (2Cor 4, 17-18), celibato por una causa superior (1Cor 7, 35); contexto unitario y cósmico en que vive el hombre (Ef 4, 4-6), y hasta el perdón de las ofensas (Lc 23, 44).

Segundo, la praxis de los cultos mistéricos o la participación por parte de los fieles en el destino de la divinidad que se venera. Se nota profundamente en el lenguaje paulino del morir y resucitar con Cristo en su nivel expresivo (Rom 6, 1-5; Col 2, 18), pero los contenidos siguen siendo muy diferentes (1Cor 10, 14-22).

Tercero, el culto helenista a los soberanos pudo influir en la terminología cristológica sobre los títulos más honoríficos de Señor, Dios, Salvador…

II.3 Manuscritos. Fuentes documentales

Los primeros vestigios vienen del sur de Babilonia, por obra de los sumerios que son considerados como «inventores» de la escritura en torno al año 3.500 a.C. El material para escribir desde los tiempos antiguos ha ido variando. Los asiro-babilonios, por ejemplo, empleaban tabletas de arcilla fresca en las que imprimían signos con un punzón de madera o de metal, que dejaba una impronta en forma de cuña -de ahí el nombre de cuneiforme- y que ponían luego a secar al sol o al fuego para que se endurecieran. Para los monumentos se empleaban también estelas de piedra, planchas de metal, de plomo o de bronce. Los egipcios, en torno al 3000 aC., disponían de un material más práctico, constituido por las fibras del papiro -planta abundante- aplastadas y trabadas con una especie de engrudo; éste será el origen de nuestro «papel».

El papiro fue importado de Egipto a Palestina a través de la costa fenicia y se convierte en material ordinario de escritura para el antiguo Israel. Ya en el s. II a.C. los hebreos conocerán, a través de los persas, un material más consistente de piel curtida y pulida. Se llamó pergamino, porque hacia el año 100 a.C. se perfeccionó este material en la ciudad de Pérgamo.

Primitivamente, las hojas de papiro o de pergamino se unían unas a otras en rollos; la liturgia judía ha permanecido fiel a este uso. La costumbre de coser las hojas por gurpos de cuatro páginas -quaternion (cuaderno)-, y que después se agrupaban en un volumen, data ya del siglo II a.C. y fue propagada particularmente por los cristianos. Para escribir sobre el pairo se usaba como instrumento el tallo de la misma planta; en los pergaminos se empleaba el cálamo, tallo de junco afilado y con una hendidura en la punta.

Por el mismo material, no es de extrañar que se hayan perdido los originales papiros o pergaminos de la Biblia. Solo disponemos de algunas copias. No disponemos de ningún autógrafo bíblico, los conocemos por sus transcripciones sucesivas, de las que conservamos, eso sí, muchos miles de manuscritos.

Hasta los descubrimientos actuales, los manuscritos hebreos más antiguos de que disponíamos eran del siglo X d.C. La Biblila hebrea usada hasta entonces reproducía un manuscrito de Leningrado del año 1008 d.C. descubierto en 1896 en una cámara de la sinagoga de El Cairo, unos doscientos mil fragmentos. Entre 1947 y 1956 se descubren los manuscritos bíblicos en las cuevas del Qumrán, anteriores en antigüedad a los de Leningrado (entre los siglos II a.C y 1 d.C.).

Se conocen más de 5.000 manuscritos griegos del NT. Suelen clasificarse en tres grades categorías: los papiros, los minúsculos y los mayúsculos o unciales.

Los papiros, por su antigüedad, son muy importantes en la historia de la transmisión del texto. El fragmento conocido más antiguo del NT, fue hallado en Egipto y contiene unos versículos del Evangelio de San Juan (18, 31-38), datado en el primer cuarto del siglo II, es el papiro de Ryland, vino a confirmar la antigüedad del Cuarto Evangelio.

Los minúsculos son todos posteriores al siglo IX d.C.

Los más importantes son los códices o mayúsculos, entre los que destacan:

-el Vaticano (B), del siglo IV, escrito en pergamino, conservado en el Vaticano, y contiene el AT y el NT -con algunas lagunas-;
-el Sinaítico (S), también del siglo IV, descubierto en un monasterio del Sinaí, contiene todo el AT y NT, y se conserva en el Museo Británico;
-y el Códice de Efrén (C), también del siglo IV, contiene todo el AT y el NT con algunas lagunas y se conserva en la biblioteca de París.