LIBROS SAPIENCIALES

 

 

Iniciación a los Libros Sapienciales “Ketubim”.

Los mismos textos sapienciales que hablan de la preexistencia eterna de la Sabiduría, hablan de su descenso, del abajamiento de esta Sabiduría, que se creó una tienda entre los hombres. Así ya sentimos resonar las palabras del Evangelio de san Juan que habla de la tienda de la carne del Señor.
Después de la Tôrah y los nebî´îm pasamos a considerar otro grupo importante en el conjunto del Antiguo Testamento: los ketubîm que contienen los libros llamados sapienciales, narrativos, históricos y poéticos. Son escritos de los desarrollos que extienden el mensaje de la ley y de los profetas en direcciones varias según los caminos de la vida en los cuales tiende a expresarse la fe. El canon de los ketubîm en el judaísmo no se pronunció hasta el s. I d.C.

Al igual que en escritos anteriores a los bíblicos del pueblo de Israel nos encontrábamos ya con mitos y profetas, también en el aspecto sapiencial hay distintos documentos en las civilizaciones de Mesopotamia y Egipto, que influenciarán directa e indirectamente los escritos bíblicos. Contemporáneos a los escritos sapienciales bíblicos nos encontramos, por ejemplo, con «Las obras y los días» de Hesíodo (s. VIII a. C) que era un poema didáctico donde se exalta el trabajo, y «Sabiduría de Ajicar» (s. VI-V a. C.) que narra la educación de los hijos, la obediencia al rey y las dificultades en las relaciones humanas en cuanto a la prudencia en las palabras, y algunas fábulas. Ciertamente hay una relectura muy diferente en cuanto al origen de la sabiduría por parte del pueblo de Israel y una desdivinización de ésta típica de otros pueblos, pues la sabiduría no es una diosa como será Isis por ejemplo, para el mundo helenista.

La sabiduría proverbial tiene origen en el pueblo y se transmite por la institución familiar. Es una sabiduría basada en la experiencia cotidiana. En un principio la sabiduría es entendida como cualidad propiamente humana. El sabio era tenido como consejero, nunca como jefe ni sacerdote ni profeta. El sabio no tiene ningún tipo de mando, no actúa en nombre de Dios ni del Estado. En cuanto cualidad humana la sabiduría del sabio ha de interpretarse según la inteligencia histórica, esto es en la circunstancia en la que se pronuncia o se escribe. Ciertamente no negamos que hay verdad en cada sentencia, sin embargo hay que tomar en cuenta la idiosincrasia. El progreso real en el conocimiento lo constataremos al tratar tema por tema en este curso de iniciación bíblica.

Al igual que la Ley y los Profetas, los Sapienciales solamente pueden ser entendidos como indicadores del Verbo encarnado, Cristo, y a su vez Cristo solo puede ser entendido conociendo las Escrituras. Pablo declara: «En efecto, hasta el día de hoy perdura ese mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento. El velo no se ha levantado, pues sólo en Cristo desaparece. Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Y cuando se convierte al Señor, se arranca el velo.» (2Cor 3, 14b-16)

En los libros sapienciales y poéticos vislumbramos el misterio de la encarnación, en cuanto todo parte de una cualidad humana, como es la sabiduría, que, según lo que venimos llamando inteligencia histórica o progresión pedagógica de la revelación, va siendo promovida, purificada y llevada a la perfección. En la literatura sapiencial percibimos un ejemplo claro de valoración de la naturaleza humana que va a ser asumida por el Verbo de Dios, purificada y llevada a su perfección.

En una visión global vamos a desarrollar los temas destacados en estos escritos, siempre en vistas a la última palabra: Cristo. Jesús supera infinitamente la sabiduría tal y como era conocida por los sabios del Antiguo Testamento. La revelación del Nuevo Testamento siempre tiene una característica doble: de continuidad y de ruptura con el Antiguo. Es el evangelio según san Lucas (12, 54-56) quien nos advierte de lo fundamental de la sabiduría del Antiguo Testamento:

«Dijo también a la multitud: Cuando ven que una nube se levanta en occidente, ustedes dicen enseguida que va a llover, y así sucede. Y cuando sopla viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede. ¡Hipócritas! Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo. ¿Cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?»

La esencia de la sabiduría hebrea se encontraba en la capacidad de descubrir lo trascendental de los procesos de la historia, la acción salvífica de Dios en los acontecimientos.

TEMAS PRINCIPALES EN LOS SAPIENCIALES

*TEMOR DE DIOS

En un principio se distingue entre temor de Yhwh y sabiduría: el temor de Dios es el principio y el camino de la sabiduría. La sabiduría se considera como cualidad humana adquirida por la experiencia vivida. Sin embargo la adquisición del saber no depende solamente de la predisposición natural ni del esfuerzo humano, sino del llamado temor de Yhwh, de la actitud religiosa hacia Dios. Solo a la luz de Dios se puede alcanzar el saber de la justicia, de la equidad y de la rectitud. Frente a la pretensión soberbia de otros pueblos que consideraban la sabiduría como una diosa, el pueblo de Israel es consciente que sin el «temor de Yhwh» todo es vanidad.

El temor de Yhwh consiste en el reconocimiento de la existencia de Dios y su acción en la historia y en la vida del pueblo. No es, por tanto, miedo a Dios, sino más bien respeto amoroso a Dios: confianza, escucha, amor fiel y obediencia a su Ley en respuesta libre y fiel al Dios trascendente.

Más tarde, con el Ben Sirá (Eclesiástico), se llega a identificar el temor de Dios con la sabiduría. Y se entiende progresivamente temor de Yhwh como plenitud de la sabiduría y culmen, como el mayor bien, hasta comprender que significa la actitud del hombre hacia Dios. De este modo el temor de Dios y la sabiduría se considera como la relación con Dios, convirtiéndose la sabiduría en la mediadora en la comunicación de Dios con los hombres y de los hombres con Dios.

Hay una progresiva personificación de la sabiduría en los textos del Antiguo Testamento: El autor del libro de los Proverbios (8, 22ss) la hace hablar, ella misma dice que es creada y fundada desde la eternidad, engendrada, partícipe en la creación. Ciertamente es solo un artificio literario, pero la idea fue desarrollada a partir del destierro, cuando dejó de ser una amenaza el politeísmo.
Quien avanzará más en esta idea será el libro de la Sabiduría (9, 1-2), quien dirá que es partícipe de la misma naturaleza divina, preexistente. Será san Juan quien dará respuesta definitiva: «Él estaba en el principio con Dios. Todo fue hecho por él y sin él nada se hizo de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida» (Jn 1, 2-4)

En la distinción entre el sabio y el necio, otro tema típico, vislumbramos el sentido del temor de Yhwh: el sabio es quien sabe vivir, quien sabe hacer, el que fundamenta su vida en el temor de Yhwh, no viviendo para sí, sino ordenando todo al amor de Dios, amor al prójimo y amor a la creación. El sabio es quien humaniza la historia, quien se deja enseñar y educa a la vez, quien busca el orden y la armonía, quien aprovecha el momento oportuno y quien vive según Dios. El sabio sabe que todo es don de Dios y sabe gozar sus dones. Quien se guía por el temor de Yhwh le trae salud, fecundidad, paz y larga vida. Aunque aquí entrará el conflicto con la teoría de la retribución.

El necio es quien dice «No hay Dios», no sabe vivir, no sabe hacer, no conoce el sentido de la vida y de la historia, es quien vive como si Dios no existiera, no se guía por el temor de Yhwh ni sus mandamientos, ni vive desde su presencia. Es egoísta, soberbio, va contra el orden y contra el proyecto de Dios. Y la sentencia es que a mal moral le vendrán males materiales. De nuevo cabe hablar del conflicto con la doctrina tradicional de la retribución de la que hablaremos más tarde.

*EDUCACIÓN

Inspirados en textos de sabiduría popular de otros pueblos, también Israel tiene un compendio de textos profundamente pedagógicos que buscan la educación humana en todas sus dimensiones basados en la experiencia vivida siempre. Se comprende al hombre como artesano de su propia vida, ofreciendo sentencias que educan en la sensatez, la cordura y el buen sentido para aprender a vivir y a hacer.

Podríamos hablar ya de un primer compendio de doctrina social que abarca: la familia en sus relaciones paternas y filiales, en la educación de los hijos (se suele llamar al sabio maestro, y a su discípulo hijo), la dignidad de la mujer, sobre el comercio ejercido en justicia, sobre el pobre y la vida social en general. Textos que se centran muchas veces en educación moral y religiosa.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy afable y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30; cf. Sir 51, 23-26)

*LA LEY Y EL CAMINO DE LA FELICIDAD

En los libros sapienciales la Ley no se entiende exclusivamente como la torâh, sino que llega a comprenderse como la sabiduría del mismo Dios ofrecida gratuitamente al pueblo. De ahí que el temor de Yhwh se concreta en la obediencia a esta forma de comprender la Ley, considerada como el deseo de Dios para corregir, orientar y guiar al pueblo hacia el Bien, especialmente en los momentos más difíciles. Dicho esto, más tarde, Ben Sirá identificará la Ley con la Torâh.

No podemos considerar la Ley sin referirnos al camino de la felicidad. En los temas sapienciales la libre voluntad del hombre es fundamental, por eso presenta la felicidad como un camino y depende de nuestra respuesta al Camino propuesto por Dios en la Ley. Es el hombre quien decide o vivir según Dios y sus mandamientos o seguir el propio camino (tema, por demás, deuteronomista), un camino de vida o de muerte, de felicidad o de desgracia.

En los mismos escritos sapienciales no es difícil encontrar cómo los sabios presentan interrogantes y enigmas sin descifrar valientemente, y van dando respuesta a ellos según la inteligencia histórica.

Se aproximan a dar respuestas y descifrar los enigmas con una reflexión humilde, es decir abierta a la progresiva profundización y, siempre, bajo el temor de Yhwh, esto es dejándose enseñar y corregir por Él, como esperando su revelación.

En esta búsqueda de la felicidad partirán de afirmaciones quizá infantiles hasta ir madurándolas a la luz de Dios. También el tema de la Ley nos va a confrontar con la doctrina de la retribución.

*DOCTRINA DE LA RETRIBUCIÓN

La primera doctrina clásica respecto a la retribución era tan simplista como infantil: «Dios recompensa a los buenos dando bienes y castiga a los malos quitándoles los bienes», o «abundancia en bienes materiales corresponde bien moral y a escasez de bienes materiales corresponde mal moral», «Dios paga con bienes al bien y como males al mal».

En un principio, como también no pocos hoy por hoy, se guiaban por la llamada teología de la prosperidad, el principio de que Dios premia a los buenos con bienes en la existencia terrena para que por los bienes sean felices, y que castiga a los malos quitándoles los bienes en esta tierra para que no sean felices. (Prov 3,33; 10,3) Tomado rigurosamente, nos conduciría a legitimar la comercialización de la religión, del «te doy para que me des».

Sin embargo, desde la inteligencia histórica comprendemos una evolución. Serán Job y Qohelet (Eclesiastés) quienes no solo protestarán sino que harán una crítica profunda a esta doctrina.

Vendrán a sentenciar que no es cierto que la felicidad en la tierra sea recompensa de la virtud y que el vicio produzca infelicidad y desgracia. Fieles a plantear el interrogante y el enigma en toda su crudeza, pero también fieles al temor de Yhwh como hemos comprendido.

Qohelet, por ejemplo, dirá que el fin de todo es la muerte y hay que dejar todo en manos de Dios. Tampoco en Job encontraremos más respuesta que la del temor de Yhwh. Recordemos la progresividad pedagógica de la revelación de Dios. Las respuestas no son concluyentes pero sí avanzan en profundidad, pues solo Dios dará respuesta definitiva en su revelación: Cristo nos enseñará el sentido de los bienes y nos revelará la vida eterna.

CONCLUSIONES
¿Cómo entender la sabiduría en el Antiguo Testamento? Todos estos interrogantes hondamente humanos llaman y señalan hacia la plenitud de Cristo, en el cual la tensión de la búsqueda y de las preguntas de los sabios encontrará finalmente una respuesta conclusiva sin evasiones. La sabiduría en el Antiguo Testamento es el camino para conocer a Dios, para abrirse a una revelación plena: la Sabiduría hecha carne, Cristo.

Con Jesús, como decía Orígenes hay una mutación de la Escritura, una verdadera revolución interpretativa: ya no está tan claro que el repudio sea voluntad de Dios (Mt 19,8), que el Mesías haya de ser hijo de David (Mt 22, 43), que una desgracia física sea un castigo por una culpa personal o una prueba de Dios (Jn 9, 3; St 1, 13), o que Dios paga bien con bien o mal con mal (Mt 5, 45), o la «bondad» de la maldita teología de la prosperidad (Mt 16, 24-26), o que la vida esté asegurada por los bienes o riqueza material o afectiva (Mt 19, 23-25; Lc 12, 13-21; Lc 14, 25-27) o la cuestión de la verdadera sabiduría (1Cor 1, 19-27). Recordemos, ¡somos cristianos! Por tanto, estamos llamados a evangelizar la sabiduría popular, incluso la filosofía, en el sentido que ésta siempre ha de estar abierta a respuestas y nunca encerrarse en los interrogantes con escepticismo: el hombre está obligado a buscar la verdad, y una vez encontrada, abrazarla.

Uno de los documentos más preciosos del Concilio Vaticano II fue Gaudium et Spes, donde se busca dialogar con el mundo en el sentido de ofrecer respuestas a sus interrogantes: dignidad de la persona humana, la comunidad humana, el trabajo y actividad humana, el matrimonio y la familia, el progreso, la cultura, la vida económica y social, la comunidad política, la paz y la comunidad internacional. Porque evangelizar no es sino dar razón de nuestra esperanza, aportar nuestras respuestas a los interrogantes más profundos del hombre. Y la Iglesia es Maestra en humanidad.