LIBRO DE LOS NÚMEROS

7. Libro de los Números

“En el desierto”

También en los Profetas existe la imagen del desierto, la tierra desierta incapaz de hacer crecer un árbol, un fruto, de hacer germinar alguna cosa. ‘Pero el desierto será como un bosque – dicen los Profetas – será grande, florecerá’. Pero el desierto ¿puede florecer? Sí. La mujer estéril ¿puede dar vida? Sí. Aquella promesa del Señor: ¡Yo puedo! ¡Yo puedo de la sequedad, de la sequedad de ustedes, hacer crecer la vida, la salvación! ¡Yo puedo de la aridez hacer crecer los frutos!”.

TÍTULO Y AUTOR

Entre los siglos VI y IV a. de C. fue redactado el libro llamado por una de sus primeras palabras «En el desierto» o Bamidbar en hebreo. La traducción al griego de los LXX es bastante desafortunada, Aritmoi, y de ahí se tomó en latín Numeri, con el que hoy llamamos a este libro, Números. La razón es que se descubren en él constantes listas, censos y números.

El título más adecuado y que hace honra a este libro es «En el desierto», pues justamente habla del trayecto en el desierto del pueblo de Israel, desde su salida de Egipto hasta la llegada a la tierra de promisión.

Un poco de historia, siempre leída en clave teológica

Después de atravesar el Mar Rojo, los israelitas se dirigen hacia el desierto del Sur. Caminan tres días sin encontrar agua, cuando encuentran un pozo el agua que hay en él es amarga, por eso llamaron a ese lugar Mará que significa amargura. Viene una murmuración del pueblo contra Moisés y contra Dios (Num 20, 2), también murmuran a causa del hambre (Num 11, 4), contra los peligros de guerra.

Se dice que es Yavé mismo quien tienta al pueblo para que conozca el fondo de su propio corazón. También es el pueblo quien tienta a Yavé para saber hasta dónde llega su poder (Num 14, 22).

Desde Mará llegan a Elim. Nuevas murmuraciones. Yavé manda maná y codornices. Pasando por Refidim reclaman de nuevo agua, y ponen nombre a ese lugar: Meribá y Massá, que significa lucha y tentación.

Ahí Moisés hace brotar agua de una roca (Pablo identifica la roca con Cristo). Ahí mismo, en Refidim, Moisés obtiene la victoria sobre los amalecitas.

Tres meses después llegan al desierto del Sinaí. Ahí Yavé organiza su pueblo, lo hace sentir elegido, lo hace de su propiedad, y lo quiere como pueblo de sacerdotes, un pueblo santo (Num 10, 10).

Seguidamente el pueblo llega al desierto de Farán. Yavé va delante del pueblo en forma de nube. Llegados a Qibrot Ha Tava (tumba de la avidez), donde el pueblo tienta a Yavé y por codicia les da una gran indigestión. Sus murmuraciones siempre vienen indicadas por el bienestar que se tenía en Egipto, y no con Yavé.

Desde Farán parte una patrulla para explorar el país de la promesa (Num 13,1). El pueblo se niega a avanzar y les acarrea un nuevo castigo: no entrarán ningún adulto de la generación actual, salvo Caleb y Josué.

Al final del libro se habla de las serpientes, con el relato etiológico de la serpiente de bronce, y del choque contra los amorreos y moabitas, hasta que pasan el Jordán bajo la guía de Josué.

Interpretación simbólica

La estructura del creyente siempre será indicada, en la Biblia, con estos tres períodos: éxodo, desierto y entrada en la Tierra (así vemos indicado el paso o traslado en Hebreos 4, 7-11; 1Cor 10; Col 1, 13. Es Cristo quien nos traslada.

Egipto: figura de la esclavitud del pecado.

Desierto: figura del itinerario espiritual de penitencia y conversión.

Tierra prometida: figura del estar con Cristo en la eternidad.

El hambre, la sed, el pan, el agua, el caminar son símbolos que nos señalan el pasar de lo físico (por ejemplo, pan y agua) y de lo psicológico (hambre y sed de afecto), hacia lo espiritual.
Es la sed y hambre de Dios, de su Palabra, lo único importante y necesario. El caminar es fundamental para comprender la vida cristiana, porque es discipulado, seguimiento.

Uno puedo pensar que el desierto es solo esterilidad, desposesión, camino… Sin embargo, bien leído, comprendemos este itinerario como juventud, noviazgo (Os 2, 16.17). Es lugar donde Dios se muestra más cercano, muestra su potencia vivificadora y transformadora, muestra que dependemos solo de Él, no solo de pan (Dt 8, 3).

La fe pierde su audacia cuando el hombre no desea otra cosa que la satisfacción de sus necesidades inmediatas (físicas o psicológicas) y no lo espiritual. La fe se apoya en Dios no en el bienestar pasado o futuro, ni siquiera la fe se basa en los dones de Dios (Dt 8, 18), solo en Él.

Aquí vemos cómo la prosperidad o el éxito no es el fin de nuestro caminar, al contrario, pueden ser obstáculos graves como lo señalan los evangelios.

En referencia a Cristo y a su Iglesia

La prueba o tentación profundiza la fe y manifiesta la gloria de Dios. Así podemos leer el capítulo 12 del libro del Apocalipsis sobre la mujer encinta que escapa por el desierto teniendo el Mesías en su seno, que sale victoriosa, mujer que representa al Nuevo Pueblo de Dios.

Igualmente en las tentaciones de Jesús en el desierto, se nos ofrece la clave de lectura de los Números: ante el deseo de satisfacción inmediata de necesidades, ante la posibilidad de poner a Dios a prueba y antes la idolatría, Jesús responde con la muerte a sí mismo, el abandono confiado en las manos del Padre y con la adoración exclusiva a Dios.
Tampoco vemos en los evangelios cómo Jesús favorece los caprichos del pueblo (Jn 6, 16; 18, 36). Jesús no piensa como los hombres, por eso reprende a Pedro con su insistente no tienes porqué sufrir…

La tierra prometida es la persona de Jesús.

Escribe san Pablo en 1Cor 10, 1-12:

«No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; y todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no fueron del agrado de Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros para que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron. No os hagáis idólatras al igual que algunos de ellos, como dice la Escritura: ‘Sentóse el pueblo a comer y a beber y se levantó a divertirse’. Ni forniquemos como algunos de ellos fornicaron y cayeron muertos veintitrés mil en un solo día. Ni tentemos al Señor como algunos de ellos le tentaron y perecieron víctimas de las serpientes. Ni murmuréis como algunos de ellos murmuraron y perecieron bajo el Exterminador.

Todo esto acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos. Así pues, el que crea estar en pie, mire no caiga…”

San Pablo nos habla del paso del mar rojo y del maná como figura del bautismo y eucaristía de la comunidad cristiana. Habla de «nosotros», es decir, del tiempo de la Iglesia. Lo importante recalca es agradar al Señor, el bautismo y la eucaristía nos ayuda a ello, a vencer la tentación de codicia, murmuraciones y desconfianza en Dios.

Nos advierte varias veces para usar de manera correcta los sacramentos:

«La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en comunión con el altar?…No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O es que queremos provocar los celos del Señor?»

La espiritualidad del desierto

Es la espiritualidad del misterio pascual: morir a uno mismo, despojarse del hombre viejo y sus concupiscencias, a fin de vivir para Dios.

El desierto para nosotros es el lugar propio de encuentro personal con Cristo, lugar donde uno reconoce que es Dios, no las creaturas, es lo Absoluto, no lo relativo, es Dios mismo, no sus dones.

El desierto es lugar de enamoramiento, de experiencia cercana de Dios. Ir al desierto significa comenzar de nuevo, pasar de nuevo, no para quedarse, sino para ser trasladado al Reino de Cristo.

Una meditación de Benedicto XVI al respecto:

En la literatura bíblica aparece muy a menudo el tema del desierto, no sólo como un lugar físico, sino también como un simbolismo de carácter espiritual. Parecería que Dios tuviera una predilección especial por este escenario para llevar a cabo sus obras de salvación. Vayamos juntos al desierto y veámoslo.

Se trata de un lugar árido e inhóspito. No hay nada, ni lo más elemental. Allí se sufre todo tipo de incomodidades: la sed y el calor, las inclemencias del tiempo, los cambios bruscos de temperatura, las molestias de la arena, las privaciones y carencias materiales no ya de las cosas fútiles, sino también incluso de las más necesarias. El desierto es un paraje solitario y silencioso. Es lo opuesto al ruido y a la algarabía, al consumismo, a la molicie, a la vida fácil y placentera de nuestras ciudades modernas. Es para gente austera y templada.

Por eso, la realidad física del desierto puede ser como un símbolo de la vida espiritual: es el lugar del desprendimiento de todo lo superfluo; una invitación a la austeridad y al retorno a lo esencial. Es allí en donde el hombre experimenta su fragilidad y sus propias limitaciones; el lugar de la prueba y de la purificación. Pero también el escenario más apropiado para la búsqueda y el encuentro personal con Dios en la oración, en el silencio del alma y en la soledad de las creaturas.

El libro del profeta Oseas nos ofrece un pasaje muy hermoso a este propósito: Dios habla al pueblo de Israel como a su esposa del alma, que ha sido infiel a su promesa de amor; y la conduce al desierto para renovar con ella su pacto de amor y fidelidad: «Por eso, yo voy a seducirla y la llevaré al desierto -dice el Señor- y le hablaré al corazón… y allí cantará como cantaba en los días de su juventud» (Os 2, 16-17).

El desierto se nos presenta como el lugar más apropiado para el encuentro con el Dios del amor y de la alianza. El ambiente exterior favorece el recogimiento e invita a la oración.

Por eso, antiguamente, los monjes se retiraban al desierto para hablar y unirse con Dios; a los primeros eremitas y anacoretas se les llamó con el sugestivo nombre de «padres del desierto».

Pero el desierto no es poesía, y no hay que interpretarlo en una clave meramente intimista. Es arduo y difícil, pero necesario.