LEVÍTICO

Iniciación al Libro del Levítico

«…las Escrituras… dan testimonio de mí» (Jn 5, 39).

“Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” – se lee en el Libro del Levítico (19,1). Con estas palabras, y los preceptos que se siguen de ellas, el Señor invitaba al pueblo que se había elegido a ser fiel a la alianza con Él caminando por sus caminos, y fundaba la legislación social sobre el mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

INTRODUCCIÓN

Vamos comprendiendo la Escritura como instrumento privilegiado para el encuentro personal con Dios. El objetivo primordial es aprender a leer la Escritura en la Iglesia.

En síntesis podemos ya confirmar tres claves para saber leerla:

1. Lectura literal. Es indispensable procurar definir el sentido preciso de los textos tal y como han sido producidos por sus autores. No es el sentido «literalista» ni «fundamentalista», que piensan que basta traducir un texto palabra por palabra para obtener su sentido. Es necesario comprenderlo según las convenciones literarias de su tiempo. El sentido literal es aquél que ha sido expresado directamente por los autores humanos inspirados, siempre colocando el texto en su contexto histórico y literario, si no, caeríamos en un subjetivismo incontrolable.

2. Lectura espiritual. Es el sentido expresado por los textos bíblicos cuando se leen bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida que proviene de él. Es cuando el texto, especialmente del A.T., lo referimos a Cristo y su Iglesia como cumplimiento y superación de las mismas Escrituras. Cristo es la clave de interpretación de la Escritura. De ahí lo que hablábamos de tipología.

3. Lectura clave. Es cuanto hemos considerado hasta ahora, la llave secreta, por ejemplo para entender Éxodo es 1 Cor 10, para entender el Génesis Mt 19, 4-8, Col 1, 15-20 y Ef 1, 10.

4. Ahora la llave secreta para entender el libro del Levítico será el libro de los Hebreos y 1Cor 10, 14-22 y 11, 20 entre otros.

LECTURA LITERAL

Con este esquema podemos afirmar, actualmente, que el autor o autores del libro del Levítico era la llamada tradición sacerdotal, que procuraban hacer entender las causas de la tragedia del exilio a la luz de la Alianza de Dios con su pueblo. El pueblo o no pueblo al que va dirigido es el falto de tierra (desterrados), falto de templo, de rey y de Dios. El autor explica que no fue por debilidad del Señor, ni que éste aborreció al pueblo, ni porque Dios rompiera la alianza, sino por desobediencia a la ley promulgada por medio de Moisés. El autor pretende inyectar esperanza al resto de Israel, prometiendo cómo Dios volverá a realizar la hazaña del Éxodo para su Gloria.

LECTURA ESPIRITUAL Y CLAVE

En este sentido viene el contenido del libro: sacrificios, fiestas, liturgia, levitas, sistema de separaciones rituales. No podemos de forma simplista decir que todo esto ya no vale para nosotros, porque ya no hay sacerdotes ni Cristo se presentó como tal. Precisamente es el libro de los Hebreos que nos ayuda a comprender toda esta maraña de leyes, sacrificios, separaciones, etc. No hay que ir a cada ley en su aspecto formal, sino que hemos de entresacar el sentido profundo del sacerdocio, es decir, su motivación, su porqué y para qué, para descubrir cómo su cumplimiento es imposible para el hombre terreno.
El autor de los hebreos llega a la conclusión explícita: solo Cristo es el sacerdote, quien no solo cumple a cabalidad el sentido profundo del sacerdocio antiguo, sino que lo supera (cf. Mt 5, 18).

HACIA EL SENTIDO PROFUNDO DEL SACERDOCIO ANTIGUO

En nuestra existencia son esenciales las relaciones interpersonales. En la mentalidad bíblica en general nunca se concibe un hombre aislado, tipo mónada o individualidad, siempre se habla colectivamente. El individualismo religioso es ajeno a la misma Escritura.

Entre las relaciones interpersonales hay una fundamental, la relación personal con Dios, una relación que condiciona todas las demás, tanto con el mundo como con la comunidad.

El libro del Levítico responde a la vocación humana a la relación con Dios con la institución del sacerdocio. El sacerdote será el responsable social de las relaciones con Dios, estará al servicio del grupo y de cada uno, será en definitiva «mediador».

El problema fundamental se encuentra en cómo llegar a la esfera divina. Dios es tres veces Santo, fuego devorador, luz fulgurante, infinitamente puro. Dios, en su santidad, no puede mezclarse con el pueblo, ni el pueblo llegar a Dios, nadie puede ver a Dios y seguir viviendo, decían. La solución se encuentra en un sistema de separaciones rituales:

*Se aparta una Tribu de las Doce, y se consagra al servicio de Dios. La Tribu de Leví.

*De la Tribu de Leví se aparta una familia con una consagración especial.

*De la familia apartada se separa un miembro que será el sacerdote, consagrado mediante un baño ritual, unción y vestidura especial, con una serie de normas de pureza radicales para mantenerse puro.

*También se aparta un lugar y se consagra para que sea santo, donde solo el sacerdote puede entrar a ese lugar para ofrecer sacrificios. Pero de todos modos el sacerdote no puede entrar en la esfera divina, por eso lo de ofrecer un sacrificio de un animal a su vez consagrado y puro. El animal era, unas veces quemado en su totalidad que con su aroma subía al cielo en forma de humo (´ola=holocausto) y otras veces ofrecido como sacrifico de alianza o comunión (zebah selamim): una parte se ofrecía a Dios, la sangre era derramada en torno al altar, la grasa y otras partes se quemaban, y la carne se asaba y se repartía entre los participantes o comensales en el banquete sagrado.

*Hay que pensar que la mentalidad de entonces consideraba que el aliento divino o la vida se encontraba en la sangre, por eso el rociar con sangre significaba sacrificar «la vida», la entrega de vida. Podemos así interpretar cuando Jesús dice que ha venido a dar vida, y vida abundante… su sangre derramada.

*Si el sacrificio (sagrado hacer) era agradable a Dios entonces el sacerdote se presentaba ante el pueblo y ofrecía el perdón de las faltas, el fin de calamidades, la cólera de Dios aplacada, instrucciones divinas para un camino recto y las bendiciones divinas.

Era la exigencia de santidad en el mandamiento principal: «Sean santos porque yo el Señor soy santo». El significado era vivir según la letra y espíritu de la ley, el trato cercano con Dios, el no a la idolatría, en justicia, respeto y honradez, en compasión y sin afán de lucro.

CLAVE DE LECTURA

Visto de este modo, el autor de los Hebreos desenmascara la incapacidad humana para realizar el proyecto. Será Cristo quien tome el sentido profundo del proyecto, lo cumpla y lo supere. En Cristo se cumplen todos los designios de Dios, también en su dimensión sacerdotal.

EN ESCRITOS DEL N.T.

Ya en los evangelios y Pablo hablan de una alianza en la sangre de Cristo:

Mateo 26, 28: «porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados».

Lucas 22, 20: «De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».

1Cor 11, 25: «Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía».

También descubrimos la entrega del cuerpo en sacrificio: en la cruz un auténtico holocausto en entrega al Padre. Se nos está hablando, explícitamente de la celebración eucarística, del acontecimiento Cristo.
El mismo Jesús lo pone como condición para entrar en el Reino o tener vida eterna: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» Jn 6, 53

Todo ello evoca un sacrificio de alianza, pero de Nueva Alianza, se revive la Cena del Señor (1Cor 11, 20).

También en 1 Cor 10, 14-22 se nos refiere al sacrificio de Alianza del antiguo Israel y su significado de verdadera comunión. Pablo pone en paralelo la antigua y la nueva alianza y los opone a los sacrificios paganos:

«Por eso, queridos, huid de la idolatría. Os hablo como a prudentes. Juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en comunión con el altar? ¿Qué digo pues? ¿Que lo inmolado a los ídolos es algo? O ¿que los ídolos son algo? Pero si lo que inmolan los gentiles, ¡lo inmolan a los demonios y no a Dios! Y yo no quiero que entréis en comunión con los demonios. No podéis beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O es que queremos provocar los celos del Señor? ¿Somos acaso más fuertes que él?

De la misma manera Pablo nos habla de «nuestra Pascua» como la inmolación de Cristo. Así es presentado Cristo como víctima ofrecida en sacrificio, se entregó por nosotros en ofrenda y sacrificio a Dios (Ef 5, 2).

EN LA CARTA A LOS HEBREOS

Concluye que Cristo es sacerdote en el sentido de que gracias a Él estamos en comunión con Dios. Esta respuesta nos muestra una relación constructiva con toda la tradición cultual del A.T. Por una parte es cumplimiento, porque el proyecto no era tanto institución cerrada en sí misma, sino profecía o prefiguración, pero por otra parte es abrogación, ya no puede entenderse como institución o ley, porque se pasa de un culto externo e ineficaz a un ofrecimiento personal y perfecto, el de Cristo, y por Él, con Él y en Él el de todo su cuerpo, la Iglesia, porque ya no existen separaciones rituales o puritanas, tenemos la plena seguridad para entrar en el Santuario sin barreras entre cristianos y Dios.

Para el cristiano ahora el culto asume toda la realidad de la existencia transformándola y puede, gracias a la unión con el único Mediador, participar de su sacrificio al padre en ofrenda de obediencia filial y de entrega fraterna a los hombres.

Es la fe la que nos adhiere a la mediación de Cristo, por el bautismo y el sacrificio de la nueva alianza, la Eucaristía (Hb 10, 22), que no son ritos, sino sacramentos, pues están en estrecha relación con la ofrenda personal de Cristo, pues la hacen presente y operante.

Ahora toda la existencia, todo nuestro cuerpo puede ser ofrecido como víctima viva, santa y agradable al Padre, por mediación del sacrificio de Cristo. Lo agradable a Dios es nuestra fe, esperanza, paciencia en las pruebas y sufrimientos y la caridad del hacer el bien y ayudarse mutuamente.