EZEQUIEL RAMIN

SIERVO DE DIOS
EZEQUIEL RAMIN
(1953-1985)

La vida misionera y el martirio del padre Ezequiel Ramin se puede resumir en una frase que él mismo pronunció durante la homilía de la misa dominical del 17 de febrero de 1985 en Cacoal, apenas doce meses después de su llegada a Brasil: «El padre que os está hablando ha recibido amenazas de muerte. Querido hermano, si mi vida te pertenece, también te pertenecerá mi muerte».

Ezequiel nació en Padua el 9 de febrero de 1953 y era el cuarto de seis hermanos. Sus padres, Mario Ramin y Amirabile Rubin, de cultura modesta, con gran sacrificio lograron realizar el sueño de hacer estudiar a todos sus hijos; pero su primer pensamiento fue darles una sólida educación humana y cristiana, lo que los prepararía para hacer frente a las pruebas de la vida. Ezequiel tuvo una infancia y una adolescencia serenas, ancladas en los valores de la fe y de las prácticas religiosas, del estudio y del trabajo, del sacrificio y de la sobriedad, del amor y de la ayuda mutua, de la sencillez y de la honestidad. Una familia formada sobre todo por la dedicación total de la madre, cuyo día estaba siempre iluminado por la misa diaria y por la oración que a menudo la acompañaba en las tareas domésticas.

Ezequiel completó su recorrido escolar con la convicción de que el estudio era importante para la vida, así como su trabajo de esos años. La toma de conciencia de la pobreza en la que vivía una gran parte de la humanidad –en el entonces llamado Tercer Mundo– lo llevó a buscar formas prácticas de solidaridad con los oprimidos. Entonces se adhirió a la asociación «Mani Tese» de Padua y se comprometió a animar los campamentos de trabajo estival, para financiar micro proyectos en el Tercer Mundo, a través de la recogida de papel, vidrio, hierro y ropa. Ezequiel siempre tuvo en cuenta la necesidad de abrir los propios ojos al mundo de la marginación, también presente en nuestra sociedad y sus pobres.

En uno de sus discursos con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones, en octubre de 1971, con solo dieciocho años, Ezequiel afirmó: «Cristo está ahora en el camino de Emaús, en las calles, es el rostro del hermano pobre, es el viejo hombre devorado por la lepra, son los millones de hambrientos, son los 600.000 niños desnutridos. Nuestro cristianismo es un fuerte compromiso que, si lo queremos, puede convertirse en un discurso de vida para quienes nos rodean, porque a Dios nunca se llega solos». La experiencia de «Mani Tese» fue tan intensa y significativa para él que la continuó también en Florencia en el curso 1973-1974, mientras realizó el período de prueba con los misioneros combonianos.

A finales del verano, cuando sus padres lo interpelaron sobre la facultad universitaria en la que pretendía inscribirse, él los invitó a entrar en el coche y los llevó delante del Instituto de los Misioneros combonianos, en Verdara, y les dijo, sorprendiéndolos: «Aquí está mi facultad». Permanecieron perplejos, como todos aquellos a quienes se lo comunicó. De hecho, nunca había hablado antes de eso: fue una elección meditada en el silencio, madurada en el secreto de su propia conciencia, caminando a lo largo del recorrido diario de la casa a la escuela o en los senderos de la alta montaña o pedaleando por sus amadas Colinas Euganeas. No había sido una elección fácil. Así se revela en el episodio del encuentro con un padre comboniano, que había asistido a la clase de Ezequiel para hablar sobre la vocación de cada persona. Al final del encuentro, el joven Ramin le confesó: «Usted ha hablado de que Jonás tenía miedo de ir a Nínive. En realidad, yo soy ese Jonás que tiene miedo». ¿El miedo a pensar en una ardua vocación como la del misionero? ¿El temor de no corresponder, de no ser fiel hasta el final? Desconocemos los temores que precedieron a su decisión, porque sus cartas están fechadas a partir de 1972, cuando ya había tomado una decisión que nunca más se cuestionaría. De hecho, después del discernimiento previo a la elección, le embargó la serenidad fruto de la certeza de haber correspondido a una insistente llamada: «Llevar a Cristo es llevar la alegría. Sigo el camino del misionero –escribió– no por mi propia iniciativa, sino porque Dios me busca y continuamente me pregunta si quiero seguirlo».

En septiembre de 1972 Ezequiel abandonó Padua, su familia y sus amigos, para comenzar el camino que lo llevaría al sacerdocio. El 26 de mayo de 1976 se consagró a Dios emitiendo los votos de pobreza, castidad, obediencia y pasando a formar parte de la congregación misionera de los padres combonianos. Emitidos los votos, Ezequiel fue enviado a Inglaterra para aprender bien el inglés, antes de ser enviado a completar sus estudios teológicos en Uganda. Sin embargo, al final su destino no fue Uganda, debido a la precaria situación política y la dificultad de obtener un permiso de residencia, sino que fue enviado al estudiantado teológico de Chicago, donde permaneció hasta junio de 1979. Durante las vacaciones de verano le destinaron a una parroquia negra de Richmond (Virginia), en el sur de los Estados Unidos: era la América de los excluidos, de los perdedores, de los que se quedan atrás en las competiciones, de los necesitados y de los que, a veces, solo necesitan a alguien que los escuche. Habló de ello a uno de sus hermanos: «La pobreza está presente en todas las casas […] He conocido a personas de 40 años que venían a verme y me preguntaban qué debían hacer. He estado con los alcohólicos, con las personas sin hogar, con niñas embarazadas de 13 años. Todos simplemente querían ser escuchados, entendidos». En resumen, Ezequiel demostró que poseía una predisposición y una sensibilidad particular para captar las necesidades de los más pobres y estar a su lado.

Llegó a Brasil alrededor del 20 de enero de 1984, después de una estancia de unos meses en Lisboa para aprender el idioma. Pasó unas semanas en São Paulo y en Río de Janeiro y en marzo se trasladó a Brasilia para asistir a algunos cursos de cultura y pastoral brasileña. Además de imbuirse en la situación de la Iglesia, con motivo de sus desplazamientos por Brasil, poco a poco fue tomando conciencia de la dramática condición de la población pobre, especialmente de los campesinos que habían sido expulsados de sus tierras debido a la invasión autoritaria de compañías multinacionales que destinaban grandes extensiones de tierra para pastos, para criar ganado y exportar carne a los países ricos. A finales de junio concluyó el período de preparación y Ezequiel llegó a la misión de Cacoal en el estado de Rondonia, en la Amazonia legal.

En este difícil entorno, el estado de Rondonia, en esos años estaba afectado por dos graves procesos: por una parte, un flujo constante de migrantes, sobre todo desde el noreste; por otra parte, la invasión de las tierras habitadas por los indios. En Rondonia, de hecho, vivían más de la mitad de los indios de todo Brasil. En aquellos meses hubo una fuerte tensión en el límite extremo de la parroquia de Cacoal, precisamente porque allí estaba la frontera entre el estado de Rondonia y el de Mato Grosso: se trataba de la ocupación, por parte de un grupo de familias campesinas, de algunas tierras sin cultivar. El padre Ezequiel, que desde hacía bastante tiempo ya conocía la zona del conflicto, al estar bajo su responsabilidad pastoral, el 22 y 23 de julio había ido allí para llevar a cabo su ministerio religioso junto con el presidente del sindicato rural de Cacoal. En una de las comunidades visitadas, las esposas de los colonos rogaron al padre que hablase con sus maridos que estaban labrando la tierra dentro de la empresa para disuadirlos de continuar. Su permanencia sin duda habría causado un enfrentamiento armado con muchos muertos, especialmente porque ya habían sido amenazados e intimidados por los propios guardias armados. Solo él, decían esas mujeres, con la autoridad y la credibilidad que había obtenido durante esos meses de trabajo pastoral, podría convencerles de que se retiraran esperando tiempos mejores. Antes de la cena, el padre Ezequiel presentó la situación a los hermanos que vivían con él. Todos coincidieron en que, dada la extrema gravedad de las condiciones en que vivían esas personas, a la mañana siguiente acudirían para hablar con ellos. Fueron momentos cruciales, algunos disentían del plan establecido, a pesar de que el padre Ezequiel reafirmaba el enorme peligro que corrían los agricultores y el apremiante llamamiento que las esposas le habían hecho.

Un enjambre de pensamientos y de preocupaciones angustiosas tuvieron que asediarlo durante la noche, pues en la madrugada del 24 de julio, mientras que sus hermanos todavía descansaban, decidió partir con el jeep de la comunidad junto con un amigo sindicalista. A las 11:00 llegaron al municipio de Aripuanã (Mato Grosso), a cien kilómetros de Cacoal: en el lugar donde estaban reunidos los trabajadores encontraron a una docena de ellos; a poca distancia también estaban reunidos los hombres contratados por el terrateniente para actuar como guardianes. Ambos hablaron a los campesinos invitándolos a evitar cualquier violencia y provocación, dado el peligro de incidentes incontrolables con los guardias armados. El encuentro fue breve, confirmando el hecho de que el padre Ezequiel creía que los había convencido para que se calmasen y no utilizasen la violencia. Cuando estaban a punto de irse, los guardias armados los precedieron con un vehículo todoterreno. Después de unos pocos kilómetros, el padre Ezequiel y su compañero de viaje encontraron el camino bloqueado por el vehículo todoterreno: basto un momento para intuir lo que estaba a punto de suceder y entonces comenzaron los disparos de fuego cruzado. Ambos salieron corriendo del vehículo, pero la mira de las armas se concentró en el padre Ezequiel, que exclamó: «Soy un sacerdote. Gente, hablemos». No hubo piedad: cayó acribillado por 75 proyectiles antes de poder refugiarse en el bosque. Fue una verdadera ejecución. Eran aproximadamente las 12.00 horas del 24 de julio de 1985.

El compañero del padre Ezequiel, herido levemente por los cristales del jeep, después de caminar por el bosque durante varias horas, encontró a los campesinos que ya habían abandonado el lugar de reunión. Seguidamente viajaron en un camión con destino a Cacoal y a la una de la madrugada avisaron a los hermanos del padre Ezequiel. Inmediatamente fueron a advertir a la policía y al obispo, pero hasta la mañana siguiente la policía no accedió a acompañarlos al lugar del tiroteo. El padre Ezequiel yacía a 50 metros del jeep, acribillado por las balas y el plomo de los fusiles. No hay duda de que querían matar a un sacerdote que encarnaba la opción de la Iglesia diocesana a la que pertenecía y que claramente se había puesto del lado de los más pobres y de los apabullados por las injusticias: los sin tierra y los indígenas. Además, la cruz que llevaba en el pecho de la que nunca se separaba y que le fue arrancada en el momento de la ejecución recibiría pronto un último agravio: la gran cruz erigida en el lugar de su martirio fue arrancada al menos tres veces por el personal del rancho Catuva. La comunidad que lleva su nombre la reemplazó recientemente por una cruz de cemento.

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