Evangelización

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Kerigma
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    Kerygma

Dejemos que Jesús vivo sea Dios y Señor de nuestra vida.

Comprendamos que la fe cristiana consiste en un acontecimiento, en “algo” que sucede. No tiene su principio en tener muchas ideas aunque bonitas y excelentes que puedan orientar la vida más o menos, tampoco en milagros entendidos como respuesta soberana de una divinidad a nuestras precariedades en este mundo o en sus cosas, tampoco tiene su principio la fe cristiana en saber sobre la Escritura o la Iglesia en una sabiduría que no hace más que hinchar la cabeza pero desinflar el corazón y la vida diaria, no es que sean malas las ideas bonitas, los milagros o la instrucción catequética, sino que no son el principio de la fe cristiana. La fe cristiana tiene su principio, estabilidad, fundamento, desarrollo y destino en el encuentro personal con Dios en Cristo por la Palabra y el Amor infundidos por el Espíritu Santo. Jesús mismo nos indica el modo en que se manifiesta y, en consecuencia, y cómo no se manifiesta. Es quien escucha su Palabra y le ama, quien tiene, por tanto, un encuentro personal con Él: en diálogo personal y amoroso que llega a una comunión perfecta: Jesús comulga perfectamente con nuestra humanidad si nosotros se lo permitimos libre y voluntariamente, y nosotros, cada uno, personalmente, comulgamos con su divinidad, siempre mediante su Palabra de vida eterna y la experiencia de amor eterno de su parte.

¡Sí! Dios se hizo hombre significa que quiere tomar tu humanidad, tu mente, tus sentimientos, tu corazón, tu alma, tus fuerzas, para así, siempre en diálogo personal amoroso, nunca imponiendo nada, hacerme partícipe de su divinidad. Jesús, el Hijo Único de Dios, la Palabra divina en persona, la Palabra eterna se hizo hombre asumiendo todo lo que supone la naturaleza humana, incluso la muerte y la sepultura, para hacer posible el cargar con todas y cada una de nuestras flaquezas, enfermedades, sufrimientos, dolores, alegrías, tristezas, esperanzas y angustias, también el pecado del mundo, para así mostrar su amor de comunión con toda la humanidad y con cada uno personalmente a través de la historia.

¡Sí! También a ti, el Señor se hizo hombre por ti, para que tú le permitas hoy, aquí y ahora, participar de tu humanidad, él quiere compartir contigo tus flaquezas, sufrimientos, vida y muerte, para así acompañarte hacia tu resurrección y vida eterna. El Señor se presenta, por libre iniciativa, hoy, aquí y ahora, en tu vida, y se ofrece para ser tu amigo y compañero, para dialogar amorosamente contigo. No se presenta como quien tiene “poderes” (según la gente entiende por éste), sino con un amor gratuito, compasivo y sacrificado. Primero se presenta ofreciéndote la Paz, una Paz divina, una auténtica reconciliación con Dios, para después mostrarte sus manos y su costado como signo de credibilidad. Jesús se presenta con el poder del amor gratuito, compasivo y sacrificado.

Jesús, cuando hacía un milagro, no era por lástima, sino por COM-PASIÓN, por MISERI-COR-DIA, es decir sufría en su propia carne lo que el necesitado o enfermo padecía: “Eran nuestras flaquezas y enfermedades las que Él cargaba”. Por tanto, no es de superior a inferior, sino de Superior que se hace más inferior que el que tiene delante, y desde abajo le sirve hasta entregar su propia vida en sacrificio por él. Así es como el Señor se ofrece, a tus pies para lavártelos, como quien te considerar superior a sí mismo, como quien sirve y no busca ser servido ni enaltecerse por su obra de servicio o dejarse entronizar, sino como quien busca solo la Gloria de Dios: el amor gratuito, compasivo y sacrificado en sí mismo y por sí mismo, sin ningún tipo de interés. Si dejas que Cristo resucitado sea tu Señor y tu Dios, convertirá tu pensar, sentir y vivir en amor gratuito, compasivo o misericordioso y sacrificado concreto para con tu esposo, esposa, hijo, hija, hermano, hermana, familiares, compañeros de trabajo o estudios, tu trabajo, el amor humano, la sexualidad, el dinero, el juego, la diversión. Y entonces comprenderás que la alegría y felicidad se encuentra en el hecho de amar por sí mismo, y que no depende la felicidad de realidades temporales, sino de su uso y transformación según el criterio del amor de Cristo en vistas a la venida definitiva del Reino de Dios. Y así también tú, al final de tu vida, presentarás a Dios tus manos y tu costado, llenos de gratuidad, de compasión por tu prójimo, de sacrificio amoroso para Dios y la humanidad, un amor que durará por siempre y para siempre.

¡Ámense como yo les he amado! ¡Felices los misericordiosos! ¡Si dejas que Cristo sea quien viva en ti, convertirá tu muerte en paso a la eternidad! ¡Dialógalo con Él!

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