DEUTERONOMIO

Iniciación al Libro de Deuteronomio “Debarim

8. Deuteronomio

Sh’ma Yisrael Adonai Eloheinu Adonai Eḥad … V’ahav’ta eit Adonai Elohekha b’khol l’vav’kha uv’khol naf’sh’kha uv’khol m’odekha.

Escucha Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.

TÍTULO Y AUTOR

Hacia el año 587 antes de Cristo fue redactado este rollo, en el inicio del exilio, con la caída de Jerusalén, destrucción del templo, fin de la monarquía y deportación y pérdida de la tierra.

El sentido literal lo encontramos como intento de respuesta al porqué han fallado las promesas, porqué Dios ha abandonado al pueblo elegido, porqué y por culpa de quién se ha roto la alianza, han terminado las bendiciones y promesas.

La respuesta será: Dios es inocente. Siempre ha cumplido la palabra y ha actuado con justicia. Solo el pueblo con sus máximos dirigentes es culpable, por eso sufre el castigo correspondiente, por sus infidelidades a la Alianza, su abandono de Dios y su desobediencia a la ley.

La traducción de los LXX a este rollo lo titularon como Deuteronomio, que viene a significar segunda ley o copia de la ley. En hebreo se titula Debarim, que significa “palabras”, y más exactamente la ley predicada. Así como en el rollo de los Números acentuamos la teología del desierto, acá aprenderemos a leer como teología del pueblo (am, traducido mejor que pueblo como familia).

La clave de lectura de este libro lo encontramos en el Concilio Vaticano II en la Constitución Lumen Gentium. Ahí mismo nos ofrece la clave de lectura en referencia a Cristo y su Iglesia:

…fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí.

Pero todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. «He aquí que llegará el tiempo, dice el Señor, y haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá… Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos y ellos serán mi pueblo… Todos, desde el pequeño al mayor, me conocerán, dice el Señor» (Jr 31,31-34).

Ese pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1 Co 11,25), lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se unificara no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios. Pues quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo (cf. 1 P 1,23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5-6), pasan, finalmente, a constituir «un linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición…, que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios» (1 P 2, 9-10).

Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, «que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación» (Rm 4,25), y teniendo ahora un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos.

La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo.

Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. Jn 13,34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos El mismo también lo consume, cuando se manifieste Cristo, vida nuestra (cf. Col 3,4), y «la misma criatura sea libertada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

Este pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación.

Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de la redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16).

Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (cf. 2 Esd 13,1; Nm 20,4; Dt 23,1 ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. Hb 13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque fue El quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera.

Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos.

Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso.

Contenido del Deuteronomio

El Deuteronomio surge por la necesidad de una base para la reforma llamada del yahvismo. La elección por parte de Dios constituía el pueblo, pero lejos de considerarse privilegio, era más bien responsabilidad de ser lo que Yahve quiere que sea.

Por eso aparece el Deuteronomio como un ordenamiento jurídico, institucional, del pueblo, y se expresa en un código. Pretende ser figura social, política y religiosa del pueblo de Dios.

El logro de este libro es la unidad de fe, celebración y vida, sobre todo centrado en una ética comunitaria (cap. 12-26).

Teología del pueblo

1. Pueblo elegido. (bahar)

Más que un privilegio era una responsabilidad para llegar a ser pueblo “tipo” de la humanidad, una sociedad igualitaria, no violenta, donde reina la justicia y el derecho, una sociedad contraste para todos los pueblos de la tierra. Manifestación de la voluntad de Dios.

2. Pueblo propiedad personal de Dios. (segwlah)

Es un pueblo pertenencia de Yahve, su fundamento es la obediencia a la voluntad de Yahve, y se expresa en un ordenamiento jurídico, como único camino para constituirse como Pueblo de Dios.

3. Pueblo santo. (am qadós)

Lo santo no son tanto las cosas, sino el pueblo en sí, las personas. Ser santo es ser tocado por la acción de Dios para que el hombre obre como Dios obra, convertirse en manifestación de la presencia de Yavé.

El culto, de este modo, se convierte en el instrumento eficaz de justicia social y igualdad de todos.

4. Pueblo comunidad de hermanos. Fraternidad (bala)

El pueblo debe ser una heredad de hermanos como legado gratuito es la tierra, los productos y las instituciones. Es de todos, sin acepción de personas. Es fundamental la idea de hermano. Es una sociedad igualitaria que no pretende asistir al pobre sino eliminar la pobreza.

Se distinguían dos grupos: el de los pobres y el de los huérfanos, viudas, forasteros y levitas. En el ordenamiento jurídico se destaca cómo al pobre había que prestarle sin intereses y si al tener que devolver el préstamo, coincidía con el año de gracia, se condonaría la deuda.

En cuanto al culto debía unirse a la vida cotidiana, acudiendo a un solo Templo, el de Jerusalén, como único punto de recopilación de tributos, ofrendas. No se habla tanto del holocausto, sino sobre todo del sacrificio de comunión, como un banquete festivo, donde reina la alegría por todas partes, y todo era distribuido según la necesidad de cada uno, empezando por los dos grupos antes citados.

También cabe destacar el culto presidido por los papás, en familia, como profecía de lo que será iglesia doméstica. La alegría sería la expresión propia de un Dios vivido y compartido, sentida en la gratuidad de los dones recibidos que mueve a responsabilizarse de los más necesitados.

En cuanto al rey. Debe ser expresión de lo que Dios quiere que sea el pueblo.

En cuanto al sacerdocio. Se considera en tres funciones: juzgar en el tribunal central, servir el culto para ofrecer sacrificios, ser guardianes de la ley y enseñarla.

En cuanto a los profetas. Sería la máxima instancia de poder, con autoridad para ampliar e incluso cambiar la ley según las necesidades vitales del momento. La profecía era considerada como un carisma autorizado por las palabras y gestos que impulsaba a caminar hacia el futuro.

ACTUALIZACIÓN

En este contexto podemos considerar la visión eclesiológica del papa Francisco. El Papa Francisco une teología y pastoral, no en una visión marxista o neoliberal del “pueblo”, sino como una gran familia en fraternidad. La exhortación “La alegría del evangelio” nos habla toda ella de volver a ver la Iglesia como Pueblo de Dios. Estudiemos y analicemos:

111. La evangelización es tarea de la Iglesia. Pero este sujeto de la evangelización es más que una institución orgánica y jerárquica, porque es ante todo un pueblo que peregrina hacia Dios. Es ciertamente un misterio que hunde sus raíces en la Trinidad, pero tiene su concreción histórica en un pueblo peregrino y evangelizador, lo cual siempre trasciende toda necesaria expresión institucional. Propongo detenernos un poco en esta forma de entender la Iglesia, que tiene su fundamento último en la libre y gratuita iniciativa de Dios.

114. Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio.

120. En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, …

197. El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo «se hizo pobre» (2 Co 8,9). Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres.

198. Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia».

199. Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro «considerándolo como uno consigo».