DELIA TÉTREAULT

VENERABLE
DELIA TÉTREAULT

(1865-1941)

«Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3,16). En el siglo pasado, estas palabras rompieron el corazón de Delia Tétreault. Ella escribió en 1916: «Dios nos ha dado todo, incluso a su Hijo, ¿qué mejor medio para pagarle –tanto como una débil criatura puede hacer en este mundo– sino dándole hijos, los elegidos que, también ellos, cantarán su compasión por los siglos de los siglos?».

Maravillada por la gratuidad del amor de Dios por todos nosotros, Delia Tétreault respondió con gratitud a ese amor. Mujer con un corazón universal, la madre María del Espíritu Santo –ese era su nombre como religiosa– fue la fundadora del primer instituto misionero femenino en Canadá y jugó un papel decisivo e innegable para la Iglesia misionera. A principios del siglo XX, en Canadá, y particularmente en Quebec, la Iglesia ocupó un lugar destacado en una sociedad marcada por el jansenismo, en la que la mujer era poco reconocida. Los medios de comunicación eran muy elementales y los textos escritos jugaban un papel importante en la transmisión de las noticias. En este contexto socio-eclesial, Delia Tétreault, inspirada por el Espíritu Santo, traerá un viento fresco. Contribuirá, gracias a su visión audaz y a su acción creativa, a la apertura de su país y de su Iglesia al mundo.

Delia nació el 4 de febrero de 1865 en Sainte-Marie de Monnoir, hoy Marieville, Quebec (Canadá). Frágil de salud y huérfana de madre, a los dos años fue adoptada por su tía Julie y su padrino Jean Alix, y vivió una infancia feliz. Desde temprana edad, a Delia le encantaba refugiarse en el establo para leer los Anales de la Santa Infancia y de la Propagación de la Fe, que había encontrado en un baúl antiguo. Las narraciones misioneras la fascinaban y ya comenzaban a delinearse los primeros frutos de su vocación. En aquel momento, tuvo un sueño premonitorio: «Estaba al lado de la cama, y de repente entreví un campo de trigo maduro que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. En un momento dado, todas esas espigas se convirtieron en cabezas de niños, e inmediatamente comprendí que representaban las almas de niños paganos».

La visita a algunos misioneros en el noroeste de Canadá la impresionó mucho: «Aunque sentí una inexpresable admiración por la vida apostólica, nunca me habría atrevido a emprenderla. Por otro lado, la vida apostólica no me parecía posible, dado que no existía una comunidad de misioneros religiosos en Canadá». A los dieciocho años, después de ser rechazada en el Carmelo de Montreal, ingresó en las Hermanas de la Caridad de San Jacinto, pero una epidemia la obligó a regresar a su casa. Un acontecimiento decisivo marcó su breve estancia en aquella comunidad: «Una noche –cuenta– mientras estaba con las postulantes en una pequeña habitación, me pareció que Nuestro Señor me dijo que más adelante fundaría una congregación de mujeres para las misiones extranjeras, y trabajaría en la fundación de una sociedad similar para hombres, un Seminario de las Misiones Extranjeras sobre el modelo del de París».

Con los años, se encontró con el padre John Forbes, misionero en África. Delia planeaba irse a África con él, pero cayó enferma la misma noche de su partida. El padre Almire Pichon, SJ, la ayudó a fundar «Betania», un proyecto dedicado a las obras sociales, en Montreal. Embargada por las dudas, allí trabajó durante diez años, pero sentía que el Señor la llamaba a otra cosa. En los últimos tiempos en Betania, Delia se encontró con el padre Gustavo Bourassa y con el padre A. M. Daigneault, SJ, sacerdote en África, quienes la apoyaron en su deseo misionero. Otros hombres y mujeres de Dios desempeñarán un papel fundamental en su vocación, especialmente el obispo Paul Bruchési, arzobispo de Montreal.

Un fuerte espíritu misionero atravesaba la Iglesia a principios del siglo XX. Sin embargo, Canadá no fue considerado entre los grandes países donantes a nivel universal, ni para las Obras Misionales Pontificias ni para las vocaciones misioneras. Las donaciones y los recursos pasaban a través de las comunidades religiosas extranjeras que trabajaban en Canadá. Los jóvenes que aspiraban a la vida misionera debían formarse en el exterior. En 1902, después de muchas pruebas, Delia fundó en Montreal, con dos compañeras, una escuela apostólica con vistas a la formación de muchachas para las comunidades misioneras.

En noviembre de 1904, mientras Mons. Bruchési visitaba Roma, el padre Gustavo Bourassa, el apoyo de la joven comunidad, murió accidentalmente. Le había confiado a Mons. Bruchési su intención de hablarle al Papa acerca de esta comunidad naciente; a pesar de sus vacilaciones, el arzobispo cumplió este deseo con el papa Pío X. Y el Papa exclamó: «Fundad, fundad… y todas las bendiciones del cielo descenderán sobre esta fundación». El 7 de diciembre, el Papa le dio el nombre de Sociedad de Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción, indicando el mundo entero como su campo de apostolado. El 8 de agosto de 1905 Delia emitió la profesión perpetua. «Todos los países de misión se os han abierto». Ella tan solo podía dar gracias. Su sueño misionero se había convertido en realidad.

La fundadora se dio cuenta de que había llegado el momento, para la Iglesia de Canadá de ofrecer su contribución al servicio de la misión universal de la Iglesia. Trató de despertar y formar la conciencia misionera en el país, creando un terreno fértil donde podrían surgir vocaciones misioneras y encontrar los recursos necesarios para apoyar las misiones en otros países. La primera solicitud vino del obispo de Cantón (China), en 1909. Delia le envió seis jóvenes religiosas. Abrió un total de 19 misiones en Oriente. Teniendo en cuenta las peticiones de los obispos, Delia Tétreault favoreció todas las obras de misericordia: guarderías y orfanatos para niños abandonados, leproserías para las mujeres, casas para personas ancianas o discapacitadas, la primera escuela para niñas en Cantón, un hospital para enfermos mentales, actividades de formación para las vírgenes catequistas y las religiosas del lugar. Los obstáculos fueron enormes. Como demuestra su voluminosa correspondencia, alentó a todas sus hijas desde la distancia, insistiendo en los valores cristianos.

Como su frágil salud nunca le permitió abandonar su país, Canadá se benefició de su celo apostólico por la misión. Entre sus obras misioneras preferidas, las de la Santa Infancia y la Propagación de la Fe, entraron inmediatamente a formar parte del compromiso de Delia y de su comunidad. Aunque ambas obras ya estaban presentes en Canadá, sin embargo, habían decaído. En 1908, Delia y sus hijas promocionaron la Santa Infancia en Outremont y en Montreal. En 1917, Mons. Paul Bruchési les confió oficialmente el relanzamiento de las actividades de la Santa Infancia en la diócesis de Montreal. Ellas hicieron todo lo que estaba a su alcance para animar a los niños y abrir sus corazones a las necesidades de sus coetáneos de todo mundo que no conocían a Jesús, visitando todas las parroquias y escuelas de Quebec y de otras partes de Canadá, con un celo ilimitado. En 1917, ante el declive de la Propagación de la Fe, Delia se encargó directamente de su relanzamiento. Durante todos estos años, las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción colaboraron activamente con las Obras Misionales Pontificias en todos los sentidos, en Canadá, en América del Sur, en Haití y en Madagascar. Para promover la animación misionera en el país y apoyar las misiones en el extranjero, Delia Tétreault se aprovechó del poder de los medios de comunicación. En 1920, lanzó la revista misionera Le Précurseur, de la que nació la versión inglesa en 1923. En realidad, muchas vocaciones misioneras han nacido gracias a la sensibilización de estas obras.

Tratando de cumplir la voluntad de Dios, Delia perseveró esforzándose por ejecutar la segunda parte de su sueño: colaborar en la fundación de un seminario para sacerdotes misioneros. Incluso ya tenía un plan para sostener esta nueva obra. Discretamente, pero con audacia, visitó a los obispos de las diferentes diócesis. Insistió en que no fuese solo una extensión canadiense del Seminario de las Misiones Extranjeras de París. El 2 de febrero de 1921 los obispos de Quebec fundaron la Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec.

Desde el principio, Delia solicitó la colaboración de los laicos en apoyo de las misiones. Ella los hizo misioneros en sus distintos ámbitos de la vida diaria. Inauguró los retiros espirituales femeninos y las escuelas apostólicas. También respondió a una necesidad obvia, la de ayudar a los inmigrantes chinos en el país. Abrió hospitales, escuelas y centros, e inauguró la catequesis en chino: su compasión evangelizaba.

En 1933, Delia Tétreault fue víctima de un ictus que la paralizó, pero continuó lúcida. Murió el 1 de octubre de 1941. El papa san Juan Pablo II la declaró venerable el 18 de diciembre de 1997. Las causas para su beatificación y canonización están actualmente en curso.

Escribe tu comentario

comments