Comentario Lecturas

COMENTARIO A LAS LECTURAS
SANTÍSIMA TRINIDAD

Según la “imagen” que se tiene de ‘dios’ es la celebración y vida de los creyentes en ese ‘dios’. Los hay que se hacen una imagen de ‘dios’ según sus criterios -para satisfacer sus necesidades materiales-, un ‘dios’ salud, un ‘dios’ dinero, un ‘dios’ sensaciones, incluso un ‘dios’ soberbio, orgulloso, avaricioso. Y sus vidas se corresponden a su imagen inventada, buscando lo mismo: salud, dinero, soberbia, nuevas sensaciones, orgullo, avaricia, todo según el mundo y las cosas de este mundo… entre otras formas. Ya declaraba también San Pablo: “La codicia es verdadera idolatría”. También es típico en muchos la idolatría del propio sentimiento o experiencia de ‘dios’, incluso del milagro o signo extraordinario, la sanación corporal, como manifestación e identificación de su ‘dios’.
Los católicos no nos hacemos “imágenes” de Dios, sino que creemos en la Imagen que Dios se ha hecho de Sí Mismo: Cristo -Col 1, 15-. Dios es Amor, y así nos lo ha dado a conocer el Padre por la revelación objetiva del Hijo: en el sacrificio de la cruz, como el máximo gesto de Amor, y nos lo hace interiorizar y actualizar el Espíritu Santo. Un Dios Amor, un Dios Trinidad, Tres Personas y Un solo Dios, en comunión de Amor.
Y por eso buscamos desde esta fe verdadera, celebrar y vivir como Cristo: amándonos como Él nos ha amado: entregando nuestros cuerpos como Víctima Viva al Amor paciente, servicial, sin envidia, sin jactancia ni engreimiento, con decoro, sin intereses propios… Por eso manifestamos y damos gloria y culto a nuestro Dios cuando nos sacrificamos y nos entregamos por amor, cada uno en el lugar donde se encuentra, transformando y santificando el mundo y todas nuestras actividades. Nuestro misterio de fe es el misterio del amor trinitario.
El Papa, en Sacramentum Caritatis #8 nos exhorta a meditar:
En la Eucaristía (…) el Deus Trinitas, que en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une plenamente a nuestra condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. Dios es comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ya en la creación, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento vital de Dios (cf. Gn 2,7).
Pero es en Cristo muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu Santo que se nos da sin medida (cf. Jn 3,34), donde nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina. Jesucristo, pues, «que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha» (Hb 9,14), nos comunica la misma vida divina en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda medida. La Iglesia, con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El «misterio de la fe» es misterio del amor trinitario, en el cual, por gracia, estamos llamados a participar. Por tanto, también nosotros hemos de exclamar con san Agustín: «Ves la Trinidad si ves el amor».
El misterio de la fe que hemos celebrado en la Pascua es el misterio del amor trinitario. Un misterio que ha sido revelado. Sin la revelación de Jesús no podría haber sido conocido. En esta celebración del Misterio de la Santísima Trinidad somos invitados  a profesar la fe verdadera, a conocer la Gloria de la Eterna Trinidad y a adorar su Unidad todopoderosa. Fe, celebración y vida están intrínsecamente unidas, no puede darse una sin las otras dos. Misterio y revelación no pueden ser entendidos como inaccesibles, pues sería una fórmula para expulsar a Dios de nuestra vida y celebración, sino que precisamente la revelación del Misterio nos introduce a vivir la misma vida de Dios que consiste en Amor, es un Misterio que nos pertenece, obra en nosotros y nos revela nuestro ser y misión.
Nuestra fe verdadera no es en un ‘dios’ solitario, sino en Dios comunión de Amor, un Dios que es Amante, Amado y Amor, un Dios que es diálogo entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, un diálogo que consiste en dar y recibir Vida. Y la voluntad de Dios no ha sido permanecer “escondido u oculto”, sino que ha querido revelarla: quiere que participemos en su relación intratrinitaria, quiere su Amor en nosotros para que podamos amarle a Él y al prójimo en una entrega sincera de nosotros mismos: En esta comunión con Dios se encuentra la razón de nuestra dignidad, nuestra verdad y nuestra felicidad. No es por tanto una fe abstracta, sino que es en Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos -Hch 17, 27-.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”.
Jesús respeta delicadamente nuestra inteligencia histórica. Dios no se revela imponiéndose a nuestra razón y naturaleza humana, sino de forma progresiva, en la medida que podemos comprender. Esta situación no significa de ningún modo relativizar la verdad como si ésta pudiera ser reducida a nuestra conciencia. Al contrario, la verdad no se impone pero sí que es superior a nuestra conciencia, y estamos obligados a buscarla y abrazarla. El Señor es quien, preocupado desde la delicadeza y amor por nosotros, impulsará, purificará y llevará a nuestra débil razón humana, con la ayuda de la luz de la fe, a conocer la verdad plena. Es uno de los criterios fundamentales de la doctrina católica: “Dios no se impone a la naturaleza, sino que la asume, la purifica, la promueve y la lleva a su perfección”.
En la solemnidad de hoy y en este texto del ciclo C se nos expresa la unidad en Dios: el Espíritu de la verdad que nos guía a la plenitud de la Verdad que es la persona de Jesucristo. Por eso no habla por su cuenta, sino lo que escucha de Jesús, eso será lo que nos explique. Creemos en tres personas divinas y en un solo Dios. Podríamos decir que Dios tiene ‘una sola conciencia’ de un “Nosotros” (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y una sola voluntad y acción.
Hoy descubrimos la amistad profunda que une a Jesús con sus discípulos, el respeto de nuestra libertad, y al mismo tiempo, y la promesa de la revelación de la verdad plena. Jesús promete a sus discípulos cómo va a guiarles hacia la verdad plena, no a una verdad “a medias o limitada”, sino la verdad absoluta que nos liberará de la mentira y de una vida mediocre a merced de doctrinas de moda creadas a merced de la trayectoria de las ideologías que son como veletas que dependen de la dirección de los vientos.
El Señor promete y dona el Espíritu de verdad, el Espíritu de amor, el mismo Espíritu que une al Padre y el Hijo, porque quiere introducirnos en la misma vida y amor de Dios, que vivamos la comunión con Dios, que conozcamos a Dios como él se conoce a Sí mismo: en una relación de autenticidad e intimidad divina. Todo ello se realiza en la persona que ama a Jesús escuchándole y deseando poner en práctica su palabra, es la condición para que el Padre y el Hijo por la purificación del Espíritu de nuestros cuerpos venga a habitar en nuestros corazones. El Reino de Dios consiste en la Trinidad en nosotros y entre nosotros.
Jesús nos quiere hacer partícipes de la vida de Dios: quiere hacernos entrar en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, una comunión perfecta, en una misma voluntad. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre nos muestra el camino: autodeterminarnos en hacer la voluntad del Padre, en la obediencia a la verdad que no está limitada a nuestra conciencia. Solo obedeciendo aprendemos a aceptar y vivir según la verdad: la verdad que creemos, celebramos y vivimos en la Iglesia. No tememos en dar testimonio de la verdad ante la mentalidad que nos impone el relativismo.
Ciertamente nuestra predicación no está de moda ni nos atrae fama precisamente, nos lleva no pocas veces a perder la amistad de la gente a nuestro alrededor, incluso somos tachados de “intolerantes”. El mundo dice: “Soy libre si no dependo de nadie, si puedo hacer todo lo que quiero”. Sin embargo, nosotros decimos: “Soy libre en la medida que obedezco a la verdad común de todo hombre, en la medida que comulgo con la voluntad de Dios amor”. La verdadera libertad se encuentra en la comunión de voluntad con Dios, en la obediencia a la verdad, en nuestra divinización.
¿Cómo hemos sido guiados y seguimos conducidos por el Espíritu a la verdad plena? Conocemos ciertamente que, por el Espíritu, Cristo se hace presente y nos habla cuando leemos la Escritura en la Eucaristía, y también, por el Espíritu, Cristo se hace presente en su cuerpo, alma y divinidad cada vez que el sacerdote le invoca sobre el pan y el vino, para dársenos en alimento. Igualmente conocemos que por el bautismo y confirmación el Espíritu viene a habitar en nosotros haciéndonos nacer de nuevo. Es por el envío del Espíritu que se nos perdonan todos los pecados y por quien somos purificados a lo largo de nuestra vida como sarmientos podados para dar más fruto.
En consecuencia no vamos a pactar con ningún tipo de relativismo moral ni religioso, nos resistiremos a ser mediocres, y nuestro lenguaje será claro: sí, sí, no, no. Ojalá nuestro trato con el Señor nos haga ser veraces y nos lo juguemos todo por los demás para que también lo sean. Que el Espíritu nos enseñe a armonizar la exigencia de la verdad con la ternura de un corazón intencionado únicamente por un verdadero amor inteligente a todos. Que nuestra alegría sea que los que nos rodean vivan según la verdad.