Comentario Lecturas

COMENTARIO A LAS LECTURAS
XXIV DOMINGO
TIEMPO ORDINARIO

La radicalidad en el seguimiento de Jesús que consiste en la prioridad del amor de Cristo sobre todo amor humano a bienes materiales y afectivos, nos provoca la reconciliación con Dios: dejarnos transformar por él para iniciar unas nuevas relaciones con el amor paterno de Dios, el amor filial hacia él y el amor fraterno hacia el prójimo. El amor de Dios y de la Iglesia abren unas nuevas relaciones familiares: de padre, hijo y hermano, porque es la identidad de Dios, de la Iglesia y la nuestra. Dios es Amor. El que no corresponde al amor de Dios está perdido y muerto, pero quien reconoce la misericordia gratuita y el amor de Dios amando como Él es vivificado.
¿Nuestras relaciones familiares, comunitarias y sociales se basan en el amor recíproco? ¿Nos alegramos en el hecho de amar? ¿O juzgamos según los méritos de los hijos, hermanos o compañeros? ¿Nos tratamos según leyes o normas rígidas o con la ley del amor de correspondencia?
El papel que juega el trato entrañable y la educación en la familia cristiana es fundamental, pues de igual modo que del Padre toma nombre toda familia, también de la familia toma nombre toda relación humana y entrega a los demás. El Evangelio de hoy nos invita a convertir los corazones de los hijos hacia los padres y el de los padres hacia los hijos (Ml 3, 24; Lc 1, 17). Entremos por tanto en la escuela de Jesús.
Hay verdades que solo se aprenden cuando rozan con la exageración. Así es el comportamiento de Jesús con los publicanos y pecadores, extremadamente sorprendente: no solo los acoge y les abre gratuitamente a un horizonte nuevo de vida, sino que hasta come con ellos, les abre a la comunión de vida con él. ¿Por qué da a quien menos merece, a un hijo que humanamente no tiene perdón?
Jesús nos indica entonces que sencillamente hace lo que ve hacer al Padre y dice lo que escucha al Padre. Y es que Dios actúa no determinado ni condicionado por nuestro actuar, ya sea de buenas o malas obras o indiferencias, sino que Dios actúa por su Ser, y su Ser es Amar.
Misericordia o rahamim en hebreo, o como dice el Evangelio en griego splangjnísze significa conmoción de entrañas maternas, expresa el apego de un ser a otro, y este apego nace en las entrañas o seno materno. Hoy diríamos cuando una persona se encuentra en el corazón de la otra. Cariño y ternura se traduce en perdón y compasión. El otro forma parte de su ser, es ponerse en lugar del otro, sentir en la propia carne el dolor del otro. Las experiencias del amor entrañable de Dios nos hacen constatar que Dios no quiere prescindir de ninguno de sus hijos. Si la medida del amor es amar sin medida, como subrayaba San Agustín, ¿cuál será la medida de la misericordia? “Donde abunda la miseria sobreabunda la misericordia” -Rom 5, 20-. La bondad de Dios no está en proporción directa a nuestros méritos o buenas obras, sino a su misericordia Tito 3, 5.
En las dos primeras parábolas se nos habla principalmente de la Alegría de Dios: frente al que se pierde fuera de casa -oveja- y al que se pierde dentro de la casa -moneda-: tanto lejanos como cercanos tienen necesidad de ser buscados y encontrados por Dios, y la grandeza se encuentra no en la oveja o en la moneda encontradas sino en la Alegría de Dios por su propia fidelidad y Gloria de su Nombre, y su fidelidad está en el Amor y su Gloria en su Misericordia.
No podemos ni debemos entender como “pecadores” a los criminales, ladrones, adúlteros, blasfemos, brujos u otra cosa por el estilo. Las cosas no eran así. Los fariseos y escribas tenían una visión propia de la ley y de lo que es conforme o contrario a ella y consideraban réprobos a los que no se conformaban con su rígida interpretación de la ley. Pecadores, en síntesis, eran para ellos todos los que no seguían sus tradiciones y dictámenes. James Dunn decía al respecto: “No es verdad que Jesús abriera las puertas del reino a criminales empedernidos e impenitentes, o negara la existencia de pecadores. Jesús se opuso a las empalizadas que se levantaban en el cuerpo de Israel, por las cuales algunos israelitas eran tratados como si estuvieran fuera de la alianza y excluidos de la gracia de Dios”.
¿Cuál es la herencia que me toca? En verdad los bienes de este mundo nos han sido entregados en la creación para administrarlos en orden al Amor -1Cor 4, 7-. Dios nos ama como Padre, puesto que nos quiere ver crecer y madurar en el amor, quiere nuestra libertad para que construyamos nuestras vidas de manera responsable, todo lo pone en nuestras manos para que valoremos nuestra condición de hijos, para que vivamos la plenitud de la verdad que consiste en reconocer el amor de Dios y confiarse por entero a Él. El Padre quiere que seamos felices como él: entregando nuestra vida por amor y para amar, que de la misma manera que lo recibimos todo de él, también se lo entreguemos, sabiendo que lo único necesario es sentirnos hijos de Dios: la parte de nuestra herencia es Dios y qué pocos lo entienden, muchos son los que piensan que la parte de la herencia es el mundo y las cosas de este mundo.
¿En qué consiste el pecado? Amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios. En el cambiar el mundo y sus cosas por Dios, en creer que en la abundancia de bienes se encuentra la seguridad en la vida, en el perder la condición de hijo de Dios y cambiarla por ser hijos de la nada. El desorden en el amor arrastra inevitablemente a la pérdida del amor y a una dolorosa experiencia de escasez, de carencia, de pobreza, hambre y profunda insatisfacción. El pecado nos convierte en pordioseros, sin más horizonte que el de ir tirando, en un ambiente hostil, privado de todo, como forasteros, viviendo bajo el signo de la maldición (cf. Ecco 12, 6).
El pecado sitúa al hombre en un estado de tinieblas, de mentira, de sometimiento a Satanás, de dureza de corazón, de esclavitud, de la que se desencadena la fuerza de la muerte. El evangelista destaca cómo malgastó su riqueza y llegó a esta situación límite de miseria y de muerte, por su propia culpa, él es quien se lo buscó, el único responsable de su mal. Jesús no rebaja la situación de pecado, sino que la trata con toda su crudeza y sin atenuantes… ¿Qué supone el pecado? ¿Qué malicia conlleva? ¿Cuáles son sus consecuencias? Y sólo cuando se ve así, intenta decir algo.
Hemos conocido el amor no porque hemos amado a Dios, sino que Él nos amó primero. Descubrimos, sorprendentemente que hay muy poco de arrepentimiento efectivo, y muy poco de confesión de su pecado, y en cambio observamos mucho de cálculo e interés. No es que se plantee volver a la casa del padre por amor, ni confiesa tampoco humildemente sus pecados. Recordemos que los interlocutores de Jesús son los fariseos y escribas que murmuraban.
El contraste entre estar cerca de Dios y estar alejado de Él es fortísimo. Cuanto más nos alejamos de Dios más fuerte es nuestra insatisfacción, pues no hemos sido creados para el mundo y las cosas de este mundo, sino para Dios. Lucas está dispuesto a exagerar en la situación de pecado para de este modo exagerar en la descripción de la misericordia. La decisión se convierte en acción cuando realmente partimos y nos ponemos en camino. ¡Es tiempo de dejar la situación que nos impide ser amados por Dios y de amar como Él!
Un Amor entrañable que perdona. La actitud del Padre no es condenar, ni siquiera exigir sacrificios para la purificación como hacían los sacerdotes. No son las acciones o las palabras del hijo que condicionan la conducta del padre. Es el propio ser del padre, su fidelidad y la gloria de su Nombre la que hace estallar su corazón, su amor entrañable e inconmensurable que se sobrepone a toda actitud calculadora y hasta egoísta. La actitud del Padre tiene origen en su propio ser. El fruto de su propio ser paterno-materno es la alegría, la fiesta.
Un Amor entrañable gratuito. Para el padre no cuenta el mérito del hijo, ni su pasado ni su futuro, no juzga lo hecho ni pide nada a cambio, solo cuenta el regreso, la vuelta, la parábola misma nos da cuenta de las razones del Padre: “mi hijo, estaba muerto, estaba perdido, y ha vuelto a la vida, ha sido encontrado”.
Un Amor entrañable de encuentro. En el camino de vuelta al Padre hay un progresivo acercarse, vislumbrar y tender la mirada lo más lejos posible, lo más que lo permita el horizonte. Cuando como hijos perdidos, todavía no vemos al Padre, por la misma lejanía, por nuestros ojos debilitados o ciegos, por nuestro cansancio y por lo lastimado que estamos por el pecado, Dios ya nos ve.
Un Amor entrañable compasivo. «Su padre lo vio y sintió compasión». El amor entrañable del Padre divisa a lo lejos la figura de su hijo. Sólo el amor ve a tanta distancia. Y sólo el amor siente compasión: «¿No es Efraím para mí un hijo predilecto, o un niño mimado, para que después de cada amenaza deba siempre pensar en él y por él se conmuevan mis entrañas y se desborde mi ternura?» Jer 31, 20.
Un Amor entrañable apasionado. «Corrió a echarse a su cuello». El corazón del Padre intuye el cambio de su hijo y no puede dejar de amarlo, como dice la Palabra: «De lejos Yahveh se le apareció”; «Con amor eterno te he amado por eso prolongaré mi favor contigo» Jer 31, 9. Tú que sientes tanto vacío de amor, pon tus ojos en la carrera de Dios de la cual tú eres su meta, su prenda, su premio, su razón para vivir, su gozo, y déjate buscar, encontrar y abrazar.
«Lo abrazó». Mientras el hijo camina lentamente, por su falta de vitalidad y por la debilidad en la que ha caído, el Padre bate su record de velocidad. Tiene vértigo hacia el más miserable de sus hijos y el más necesitado por eso, corre a abrazarlo. ¿Nunca te has sentido abrazado efusivamente por este Padre? El abrazo de Dios quema, sana tus heridas, te devuelve el vigor, te hace seguro en los brazos de la misericordia y te hace decir: «¿Qué Dios hay como tú, que aguanta la falta de respeto y que perdona la desobediencia de su grupo escogido? ¿Quién como tú, que no se enoja por mucho tiempo, pues te gusta perdonar?» -Mi 7, 18-.
«Y lo besó efusivamente». El beso es un signo del perdón -2Sam 14, 33-. «Ya que a ti te llamaban la Abandonada, nuestra presa de quien nadie se preocupa yo voy a devolver el vigor a tu cuerpo y voy a sanar tus llagas… los multiplicaré en vez de disminuirlos, los honraré en lugar de humillarlos” Jer 30, 10-20.
«Entonces el hijo le habló… Padre pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo». El Padre no dejará que acabes esta confesión, no te dejará decir: «Trátame como a uno de tus jornaleros». Aunque tengamos palabras calculadoras e interesadas, el Padre solo va a comprender que abrimos el corazón a él. ¡Nos trata como a un invitado de honor, como a su hijo estimado, perdido pero ahora hallado, muerto, pero ahora vivo! Le es imposible al Padre dejar de ser lo que es, le es imposible renunciar a su paternidad. Aunque el hijo haya obrado mal, el Padre ahogará este mal con abundancia de bien. Rom 12, 21
«El Padre dijo a sus servidores…». El hijo, al pedir perdón, podría esperar escuchar del Padre una fórmula o una expresión que hubiera elaborado en su larga ausencia, como lo hizo él. Pero el perdón del Padre no es una palabra, que por suave que fuese, lastimaría al hijo. Su perdón son obras que desbordan de alegría y de generosidad. Es inmenso el contraste entre la idea del hijo: volver como jornalero, y la idea del Padre: tratarlo como hijo. El Señor hace que se celebre la Pascua: con el vestido de fiesta le da alta distinción, con el anillo le transmite plenos poderes (1Mac 6, 15); y con el calzado, lo eleva a ser un hombre libre. El hijo no debe andar ya más como esclavo.
«Comamos y alegrémonos, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo he encontrado». En un fuerte contraste entre el hambre que pasa fuera de casa y el banquete de fiesta que se le prepara, el hijo se reincorpora a la familia, a la comunidad. Su regreso y el nuestro son festejados por el Padre y por todos los que están en su casa.
«Y se pusieron a celebrar la fiesta». Esta fiesta familiar y comunitaria es la celebración de la bondad de Dios que nos ama con un amor que nos devuelve la dignidad perdida.
«El hijo mayor estaba en el campo, cuando al volver llegó cerca de casa, oyó la música y el baile». Él escucha lo externo, ve, pero no sabe lo que, en su ausencia, ha sucedido en el interior de su padre y de su hermano. Desconoce el drama del retorno, la violencia de deshacer entuertos y la dificultad de humillarse para pedir perdón. Él es de los que se tienen por justos y no puede comprender a los pecadores, y mucho menos tener misericordia con ellos Lc 7, 36-50.
«Llamando a uno de los sirvientes le preguntó qué significaba todo eso. Este le dijo: Tu hermano está de vuelta y tu padre mandó matar el ternero gordo, por haberlo recobrado con buena salud». Se había acostumbrado a vivir sin su hermano. Tal vez vivimos sin amor fraterno, sin éste que por ser tan distinto, parece que no merece un lugar en la familia. Tal vez no contemos con el posible regreso de otros y que les recibamos en la Eucaristía. ¿Tenemos con los demás un amor entrañable como el del Padre?
«El hijo mayor se enojó y no quiso entrar. Entonces, el padre salió a rogarle». El padre sale al encuentro del hijo mayor como del hijo menor. Él no es indiferente a ninguno de los dos, no excluye a ninguno. Pero mientras la reacción del menor es de dejarse amar, la del mayor es de una insensibilidad y dureza de corazón espantosa. ¡Cuántas veces los que estamos aparentemente más cerca del Padre, en realidad estamos más lejos! Estar cerca es tener sus mismos sentimientos y amar como Dios, amar «a lo Dios».
«Pero él le contestó: ‘Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mí nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos’ «. También nosotros tenemos a menudo la misma reacción: la envidia en casa. En vez de la misericordia, aflora el resentimiento y tristeza por el bien del otro. ¿No reaccionamos igual? Es hora de aprender la Ley del Evangelio de Jesús: «Misericordia quiero y no sacrificio» Mt 12, 7.
«Pero llega ese hijo tuyo, después de gastar tu dinero con prostitutas, y para él haces matar el ternero cebado». No le llama hermano, sino como «ese hijo tuyo», ese que no tiene nada que ver conmigo ni yo con él. El Señor nos propone, como medicina de nuestra intransigencia una fuerte ración de misericordia.
“El Padre le respondió….”. Si nos resulta difícil ser misericordiosos con los demás, dejémonos educar por Dios. Él quiere que seamos su reflejo, que expresemos sus sentimientos. Es lo que trató de hacer Jesús. Actuar con los demás con la misma misericordia del Padre, que hace salir el sol sobre buenos y malos (Mt 5, 45) Una verdadera escuela de misericordia.
“Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo”. “Hijo mío has gozado siempre del amor del Padre, no has padecido hambre fuera de la casa, no te has hecho esclavo de nadie ¿Qué pierdes tú en que el otro sea amado? ¿Qué se te quita? ¿Sientes que es una injusticia el ser bondadoso con el otro?” Mt 20, 15. No te preocupes sólo por las leyes, puesto que la plenitud de la ley es amar al prójimo (Rom 13, 10; Gal 5, 14). No te fosilices en la aplicación de normas y leyes. ¡Ama! ¡Ten un corazón grande, un amor entrañable!
“Había que hacer fiesta y alegrarse”. No eres discípulo ni misionero de Jesús si no te alegras por el regreso de cada uno de los que han estado alejados de Dios. El amor misericordioso es el núcleo del mensaje de Jesús. Es hora de abrir muchas puertas. Muchos se sienten fuera de casa y no entran por la mala cara que les pone el hermano. Pon la cara de padre, sé misericordioso y alégrate con el hermano que se convierte.
Hay una fuerte razón para la alegría: “Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”. El pecado nos sumerge en la perdición y en la muerte. Estamos muertos cuando no amamos a Dios ni al prójimo con el mismo amor de Dios, cuando nos alejamos de Él, y en su ausencia caemos en el abismo de la desesperación y el sin sentido. Pero el regreso de la muerte, del abismo, de la soledad y la opción de iniciar una mayor convivencia amorosa con Dios es fuente de alegría. Es lo que debe entender el hijo mayor; y también yo.
Pero si uno no lo entiende, caerá en un pecado de la misma magnitud que el de su hermano menor. Porque lo que disgusta a Dios es el abandono y la ausencia de amor filial, pero también la ausencia, en consecuencia, de amor fraterno. ¿Aceptará el hijo mayor abrir su corazón a la misericordia? ¿Aceptarás tú? En el banquete eucarístico nos encontramos todos los reconciliados, con la misma gratitud y unidos en la misma caridad. Lo que hemos de procurar es que ningún hijo se quede fuera, que no escuche la invitación o que le llegue mal expresada, o que piense que es un caso perdido. Eso también depende en parte de todos nosotros.